un Mediterráneo lleno de belleza

Las cenas de verano en casa de un amigo, con las ventanas abiertas que llenan el comedor de voces vecinas en un día que declina, con el ruido de los platos al recogerse, o los críos que piden estar un poco más antes de irse a la cama, son momentos que suelen quedar en nuestra memoria de manera placentera. En este caso éramos cuatro amigos que entre un blanco verdejo y un tinto del Duero disfrutamos de una ensalada de tomate y una fideuá de pescado, siempre acompañados de pan artesano, de ese pan que es pan de verdad, que huele a pan y sabe a amistad.

El anfitrión me habló, mientras preparábamos la ensalada, de su estancia en una isla griega, Hidra, un poco más alejada de las rutas turísticas de moda que asolan las islas del Egeo y que tiene la particularidad de no admitir vehículo a motor alguno, sea coche, moto, ni siquiera patín eléctrico. Allí solo valen las piernas y para las cuestas más empinadas, los burros. Maravilla. Una isla griega, en verano, sin ruidos innecesarios, con sus callejuelas para pasear, sus cientos de gatos a la sombra y una historia que se respira en cada esquina. Y me habló de un libro que acaba de terminar y que hace un recorrido por algunos de los artistas y literatos que se enamoraron profundamente de Italia y Grecia. El libro se titula Peregrinos de la belleza, está escrito por María Belmonte, que es una viajera de las que tiene gusto al contar sus viajes, y editado por Acantilado. A finales de la primavera reseñé otro de sus libros, en este caso sobre Macedonia, igualmente delicioso.

Desde finales del XVIII y sobre todo en el XIX, los hijos de la aristocracia y burguesía europea, generalmente del norte de Europa, tomaron la costumbre de tomarse un año al finalizar los estudios para viajar a Italia y Grecia, a los dos lugares o a uno de ellos. Es lo que se conoció como Grand Tour. En este viaje de un año (o más) el viajero “descubría” la cultura clásica, lo que, en principio, aumentaba su educación para la vida adulta. Era un aprender a vivir, pero en un escenario inigualable y con unas referencias siempre cultas. O por lo menos así es como se vendía. Porque la realidad era que también era el momento para soltarse la melena, desatarse el corsé de la educación estricta y liberarse de las atosigantes normas religiosas. Supongo que los actuales viajes de “estudios” son una reminiscencia, aunque sea en el nombre, de aquel Grand Tour. La pena es que hoy en día, por lo menos hasta la pandemia, esos viajes se han quedado por aquí, casi siempre, en unos días para hacer juerga y desfasar sin la mirada y el control de padres y madres. Afortunadamente aún hay profesoras y profesores que siguen preparando con esfuerzo y dedicación esos viajes de estudios, de historia, de cultura y desde luego de educación y de proceso personal. En los países nórdicos es bastante habitual que al terminar los estudios, la gente joven emplee un año en viajar a diferentes lugares para conocer otras realidades. Qué envidia.

El libro es una maravilla, muy ameno, lleno de historia y curiosidades y estructurado en torno a nueve personajes, todos ellos hombres (en aquel tiempo a las mujeres no se les permitía viajar sin acompañamiento masculino y solo las muy privilegiadas accedían a estudios universitarios) que quedaron enamorados de ese Mediterráneo italiano y griego, desde mediados del siglo XVIII a mediados del XX.

Personajes que hayan sucumbido en algún momento a la belleza de Italia o Grecia, hay muchos. Entre los más conocidos podríamos señalar a Goethe, Dickens, Lord Byron o E. M. Forster, pero la autora, por lo que sea, ha elegido otros muchos. Entre ellos están Johann Wincklemann, arqueólogo e historiador del arte que sirvió a los papas como inspector de antigüedades y absolutamente enamorado de Roma (y de los jóvenes romanos). Wilhelm von Gloeden, fotógrafo de efebos en la costa amalfitana. Axel Munthe, médico de la reina de Suecia y exiliado en Capri. D. H. Lawrence, escritor inglés que quedó subyugado por el sol y la luz italiana. Henry Miller, escritor estadounidense que se quedó a vivir una buena temporada en Grecia. Patrick Leigh Fermor, un feliz viajero y maravilloso escritor. Lawrence Durrell, escritor inglés afincado en Corfú, con toda su familia ( no os perdáis la serie Los Durrell), luego en Rodas y también en Chipre.

Sus historias insertas en la Historia son apasionantes y la forma en las que las relata María Belmonte una auténtica delicia. Y claro está, al terminar la lectura del libro (o devorarlo, como en mi caso), dos peligros acechan al lector. Se enciende en uno la necesidad de visitar aquellos lugares y se obtiene una importante lista de libros para seguir leyendo. Y la verdad es que son dos peligros a los que intentaré lanzarme en cuanto pueda (de hecho ya estoy con la primera de las obras de Durrell sobre su Grecia). Porque algo de todo lo que en este libro se relata, el que escribe ya lo ha vivido a lo largo de las últimas tres décadas desde que viajé por primera vez a Italia, quedando prendado de Florencia, los Medici y el humilde Grand Tour de dos semanas que tuve la inmensa suerte de hacer guiado por personajes de novela. Pero esa es otra historia que quizá algún día me decida a plasmar en un papel.

Os recomiendo el libro. Mucho. Porque leer las historias de unas personas que quedaron prendadas de la belleza, en este caso en Italia o Grecia, es hoy en día un aliciente para escapar del ruido apabullante que sufrimos en esta sociedad que confunde la libertad con hacer lo que me da la gana.

una humanidad desbordante

Este fin de semana han continuado los reencuentros en este momento en que da la sensación que la pandemia de COVID-19 nos empieza a dar aire. Si el pasado sábado nos reunimos casi toda la primada en una comida todavía sujeta a medidas sanitarias que tardarán en irse del todo –si es que alguna vez desaparecen–, este viernes la reunión fue con un grupo de amigos, alrededor de jamón, vino y un poco de pan. Sin mayores artificios. En los dos reencuentros hubo abrazos, confidencias, silencios, miradas, risas, cariño, cantos, porque celebramos que nos volvíamos a ver todos, o casi todos, juntos, o simplemente porque celebramos la oportunidad de seguir celebrando. Todavía no es tiempo, solo intuimos sombras que siempre llegan con sus luces, aunque no llegamos a verlas del todo, pero llegará el momento en que conozcamos cuánto hemos cambiado en este año y medio pandémico. Porque si algo es cierto, es que el antes y el después es real y profundo. De nosotros depende que sea para bien.

El otro reencuentro que tuve el placer de vivir el fin de semana y del que quiero escribir fue con un griego de 83 años que a sus veintiséis decidió emigrar a Suecia porque, como le dijo su hermano, “aquí no hay sitio para todos”. El eterno dilema del emigrante; encontrar su lugar, casi siempre hurtado, y habitualmente encontrado, si es que se halla, en su propia dignidad. A Theodor Kallifatides lo conocí en 2019 con su primera obra traducida por aquí, Otra vida por vivir, y editada, como todas las demás, por Galaxia Gutenberg. En el lapso de dos años, la editorial ha editado cuatro obras del escritor griego emigrado a suecia. Para mi gusto, un tiempo demasiado estrecho para publicar cuatro títulos de un escritor que hasta poco antes de la pandemia era absolutamente desconocido por estos lares. Si su primera obra fue un hallazgo deslumbrante, sus dos siguientes publicaciones eran algo más irregulares, principalmente El asedio de Troya, aunque siempre con calidad. Sea como fuere, la escritura de Kallifatides se caracteriza por una utilización muy natural del relato, casi siempre autobiográfico, con unas formas sencillas, a veces melancólicas y siempre humanas.

Robert McCabe

Su última obra traducida retoma el relato puramente autobiográfico (si es que alguna vez lo había dejado), descrito con una naturalidad tal que desborda humanidad por los cuatro costados. Si en sus anteriores obras que he podido leer, el griego hace historia de su familia, de su padre maestro represaliado por sus ideas sociales, de su madre, auténtica matriarca de la familia, de su abuelo, de su pueblo Molaoi, de los tiempos de la(s) guerra(s), en Lo pasado no es un sueño, el señor Kallifatides escribe un relato autobiográfico en donde el protagonista es él mismo, su paso de la niñez a la juventud, pasando por la adolescencia de los descubrimientos, su inicio en la escritura y la decisión de encontrar su sitio en el norte de Europa. En este sentido es muy gratificante leer su método de escritura, cómo escribe y porqué. Escribe porque necesita expresar lo que lleva dentro y para eso, lo primero que se necesita es sentimiento. Luego viene la calidad, si es que llega. Lo que me asombra de Kallifatides es que comenzó a escribir en griego y cuando emigró a Suecia, comenzó a escribir en sueco, con otro alfabeto y en otro idioma. Y por lo visto no lo hizo mal, ya que desde su primer libro ha sido un escritor de éxito en aquel país escandinavo. Imagino que el griego que cambió Atenas por Estocolmo, tenía y tiene algo más que sentimiento y calidad. Theodor Kallifatides tiene la virtud de hablar de la vida con sencillez y naturalidad, pero con una belleza impresionante. Y eso es, seguramente, lo que nos llega a sus lectores.

Lo dicho. Un libro muy agradable, que invita a rememorar tu propia vida pasada e incluso te lances a escribir algo de ese sentimiento que tienes por ahí dentro, aunque sea muy difícil tratar de emular al escritor griego.

Seguimos reencontrándonos.

una Macedonia exuberante y desconocida

Siempre me han gustado los libros de viajes, esos libros que van recorriendo el lugar visitado y como decía Kazantzakis, autor de Zorba, el griego, esos “buenos viajeros que crean el país por el que viajan”. En estos momentos de cierres perimetrales, de distancias, confinamientos y aislamientos, estos libros se me antojan necesarios para seguir viajando, para visitar lugares guiados de la mano del viajero, en este caso, viajera.

María Belmonte Barrenetxea, bilbaína y doctora en Antropología Social, ha escrito su tercer libro, el segundo dedicado a Grecia. En este caso a esa Grecia más desconocida en los tours turísticos, sin el azul del Egeo, pero con una historia y una carga cultural a la par de ese sur de archipiélagos y la península griega. Hablamos, habla el libro, de Macedonia, En tierra de Dioniso, editado por Acantilado, como los otros dos libros de Belmonte. Macedonia la griega, la de Alejandro Magno, la del monte Athos con sus monasterios, la del monte Olimpo. Luego está la Nueva Macedonia, la que salió del resultado de los acuerdos tras las guerras bálticas y la partición de la antigua Yugoslavia.

Lo bonito del libro es la amenidad de María Belmonte contando el viaje, con experiencias personales típicas de un viaje, con esos trayectos largos, con las tormentas repentinas, el placer de una merienda sencilla, una siesta, un encontrarte de repente con el mar… Todo eso salpicando un conocimiento histórico del lugar y contado de una manera preciosa, amena, pedagógica. Macedonia, la tierra homérica, la belleza de las ruinas, los ritos dionisíacos, el misterio de un monte santo prohibido a las mujeres, Tesalónica y la niebla, siempre presente por allí. Hay un personaje que introduce todo el viaje, Alejandro Magno, natural de Pela, sede de la monarquía macedónica, pero antes que él, su padre Filipo, con él Aristóteles. Alejandro, educado en las leyendas homéricas, el conquistador de medio mundo, cuya única derrota en su vida, a decir de algunos contemporáneos, fue entre los muslos de Hefestión, su amante. ¿Y después? Después llegó la Macedonia en tinieblas, y después la conquistada, la otomana, la griega.

Monasterio de Koutloumoúsi, por Edward Lear

El libro está plagado de conocimiento, de cultura, bien contada, que entrelazan una y otra historia. Por ejemplo, cuando Belmonte habla de Dion, antigua ciudad sagrada de los reyes de Macedonia, un antiguo santuario dedicado a Zeus, de donde le viene el nombre y ahí nos sigue explicando que nuestra palabra más misteriosa, Dios, viene del latín deus, es idéntica en pronunciación a la forma genitiva de Zeus y ambas derivan del indoeuropeo deiwos, de la raíz dew, que significa brillar, ser blanco. Luego nos lleva al monte Athos, ese monte también santo, con la silueta recortada de edificios monásticos, con esas fortalezas encaramadas en las rocas, con esa anacrónica prohibición a las mujeres para siquiera poder poner un pie en su costa. Y luego a Tesalónica, a las ciudades invisibles, a las ciudades bizantinas.

Un libro para viajar, con una guía excepcional, que se lee en un periquete y que te deja, cómo no, con ganas de visitar in situ todos aquellos legendarios lugares.

para tenerlo bien claro

Mientras las televisiones, redes sociales y radios nos inundan con cientos de supuestos análisis (todos electorales y superficiales) sobre la arrolladora victoria de Ayuso en Madrid, mientras unos festejan que van a seguir siendo los dueños del chiringo y otros lloran su enésima derrota para conquistar el chiringuito en cuestión, los verdaderos dueños del cotarro, las élites económicas y oligárquicas, las que no tienen necesidad de elecciones ni campañas electorales porque son quienes atan y desatan, se mean de risa y siguen ganando dinero a costa de ti y de mí. La pregunta es si tenemos posibilidad de dejar de ser sus monos de feria. Es complicado, sin duda, pero desde luego si algo podemos hacer es convertirnos en un mono que no les haga tanta gracia.

¿Cómo? Más fácil de lo que parece. Apaga la televisión y deja de tragarte el discurso que una y otra vez nos vomitan. Utiliza Internet con mesura e imponiéndote unas condiciones de respeto, y si algo no te gusta, deja de visitar todos los días su perfil. Busca la información de lo que te interesa, no te conformes con el pensamiento único que se repite en casi todos los medios. Practica todos los días el silencio, la quietud, hacer las cosas despacio, conscientemente, pasea por los parques y sal al campo, haz ejercicio y goza de la amistad y la familia sin que nada se interponga en tu camino. Ten plantas en tu casa, en tu trabajo, de interior y exterior, cuídalas, riégalas. Y lee calidad, lo que sea, ensayo, literatura, poesía o teatro, lo que sea, con tranquilidad, dándole tiempo, pero por favor, calidad. Reflexiona sobre lo leído, sobre tu vida y degusta las diferentes posibilidades. Cultiva tu espiritualidad, la que tengas, todos la tenemos, y dedícale un tiempo todos los días. Y goza de la increíble paleta de colores y tonalidades que tenemos, aunque normalmente nos hagan creer que solo existen el blanco o el negro. Y después, si eso, otro día también podemos hablar de por qué la izquierda se empeña en querer convencer a los convencidos, en repetir formas de hacer política de hace 50 años y en hacer un discurso económico que en lo esencial sostiene el sistema capitalista igual que el discurso de la derecha. Con honradas excepciones, que haberlas, haylas.

En realidad, esta entrada es para hablar de un libro que me ha parecido indispensable. Un libro que habla de las causas del cambio climático, de la gestión del mismo y de cómo todo esto es parte de un ciclo que la Tierra hace constantemente pero que en este caso la intervención del ser humano ha acelerado de manera trágica. El título se las trae, Aprender a vivir y a morir en el Antropoceno, de Roy Scranton, editado, de nuevo magistralmente, por Errata Naturae. En él, el señor Scranton explica de manera amena y pedagógica el proceso de formación natural, cultural y económica de este mundo, de los cambios que ha tenido y de cómo, desde la invención de la máquina de vapor, más o menos, la actividad humana ha desencadenado un declive mundial sin parangón que va a ocasionar, lo está haciendo ya, más desigualdad, guerras, catástrofes naturales, movimientos migratorios, hambre y sufrimiento. Un panorama nada halagüeño. Y ante eso hace una serie de reflexiones para que lo tengamos claro, bien claro y tomar conscientemente una actitud individual y colectiva.

Un libro imprescindible, que señala y afronta el quid de la cuestión y nos ofrece instrumentos para hacer frente a la realidad cotidiana en donde las Ayuso, con cara de Joker, ganan porque seguimos alelados mirando el árbol en vez del bosque. ¿Un poquito oscura me ha salido esta entrada? Quizá. Pero no me inquieta.

¡es amor, idiota, es amor!

“Me bastaba un simple roce o su olor para identificarlo, y, si me quedara ciego, lo reconocería por su modo de respirar o pisar el suelo. Lo reconocería incluso en la muerte, en los confines del mundo”.

Patroclo en La canción de Aquiles, cap. 12, pág. 140, Alianza Editorial

En la literatura universal, desde sus comienzos, un tema estelar, casi podría decirse que “El tema”, ha sido el de las relaciones personales y más concretamente las relaciones de amor y desamor. Miles de historias de amor jalonan páginas y páginas de literatura, de relatos, novelas, cuentos, leyendas, baladas, canciones y esta novela que hoy presento, va de eso, del amor. La canción de Aquiles, de Madeline Miller, editado por Alianza Editorial, es la primera novela de la autora, que en su edición anterior se agotó hace tiempo y que ahora, tras el éxito de su segunda novela, Circe, han decidido reeditarla por todo lo alto, esto es, en tapa dura, con una impresionante sobrecubierta con el casco del héroe de los pies ligeros y cinta separadora. Una belleza.

Pues eso, la novela, el cuento, que se lee con facilidad en tres días, cuenta la historia de amor entre Aquiles, héroe de la Guerra de Troya, hijo de una diosa y un reyezuelo mortal de los que abundaban en el Egeo y Patroclo, hijo exiliado de otro reyezuelo. Y en este momento es cuando alguien, siempre, se pone nervioso, incluso sin darse cuenta. “No, no. Lo de Aquiles y Patroclo no era amor. Es que entonces era normal tener un compañero, un amigo más amigo en la adolescencia y además uno de ellos era siempre mayor que el otro. Esto no tiene nada que ver con el amor y una relación de pareja entre dos hombres. Entonces eso no era posible. Era más una cuestión de proceso educativo”. Y tan campantes. Y entonces me pregunto, ¿acaso las relaciones de pareja entre hombres y mujeres no han cambiado en 3000 años? ¿Por qué esa necesidad de hacer siempre la misma aclaración cuando se habla de una relación de este tipo? Claro que las relaciones han cambiado, claro que los mismos conceptos de amor, educación, sociedad, han cambiado. Pero es que esos mismos conceptos no son los mismos que hace 50 años. Los modelos cambian, pero lo que no cambian son los sentimientos. Pero bueno, esto no es nuevo. De este tema de la relación entre Aquiles y Patroclo se ha hablado desde hace siglos. Lo hace Platón en El Banquete, Homero utiliza la discreción para pasar de puntillas en la Ilíada, Esquilo habla de esa relación en Los Mirmidones y el historiador romano Claudio Eliano señala que Alejandro y su amante Hefestión dejaron sendas coronas en las tumbas de Aquiles y Patroclo, como insinuación de sus propias relaciones. Yo simplemente me hago la pregunta de qué hubiese pasado si este modelo de relaciones entre dos hombres, o dos mujeres, se hubiese tratado con la naturalidad con la que se tratan las relaciones entre un hombre y una mujer. Posiblemente muchas personas hubiesen tenido un modelo en el que mirarse y seguramente muchos hombres hubiesen evitado grandes sufrimientos. “Joder, Dani, pareces nuevo”.

John Flaxman. Achilles Mourning Over the Body of Patroclus. 1793

Y no. No es una novela sobre la Guerra de Troya. Porque también hay gente que enseguida dice que esta novela no cuenta bien la guerra emprendida por Helena (más bien para que el macho de turno recupere su propiedad y tal). Pues ya ves. La novela tiene tres partes diferenciadas. La primera, digamos, es el exilio de Patroclo tras matar, sin querer, al hijo de un oficial de su padre y el encuentro entre los dos protagonistas en la palacio de Peleo, rey de Ftía y padre de Aquiles. La segunda parte se desarrolla en la gruta de Quirón, el centauro, que se convierte en su maestro de vida. Y la tercera parte es la de la Guerra de Troya que se relata en la Iliada de Homero y su desenlace trágico. Y entre medio una historia de amor, ni más ni menos, surgida de la imaginación de una filóloga estadounidense que enseña latín y griego en bachillerato. No esperéis encontrar un novelón, pero si queréis disfrutar un rato con una historia bonita, con este libro lo haréis. Y recordad que lo que se cuenta en esta obra es solo uno de los muchos relatos sobre los diferentes temas que ahí aparecen y que han aparecido en infinidad de obras, muchos de ellos con diferencias en los hechos, algunos muy famosos, como las obras de Homero, o a quien llamamos Homero y otros relatos que tuvieron su gloria en algún momento y ahora son prácticamente desconocidos.

Curiosamente, tras leer la novela, me he encontrado con múltiples páginas que hablan de este amor entre Aquiles y Patroclo, y con infinidad de dibujos, mangas y demás, que fans del libro han ido haciendo por todo el mundo. Y quién sabe, quizá después de leerlo haya quien se lance a leer la Iliada, o la Odisea, o algún otro clásico. A mí me ha dado por releer la Ilíada, esa que empieza

“La cólera canta, diosa, de Aquiles hijo de Peleo, cólera funesta que un dolor infinito causó a los aqueos y tantas valerosas almas de héroes arrojó al Hades, haciéndolos presa de perros y de todas las aves”.

La Ilíada, comienzo del Canto I. Traducción de Óscar Martínez García, en edición de Alianza Editorial.

infancia irlandesa

“Irlanda siempre ha sido mujer, útero, cueva, vaca, Rosaleen, marrana, novia, ramera y, por supuesto, la demacrada diosa Hag of Beara”.

Madre Irlanda, Edna o’Brien, Editorial Lumen, cap. 1 (La tierra), pág. 11

Hace cuatro años, gracias a uno de mis libreros de confianza, descubrí una autora irlandesa que me fascinó con su escritura y con esa visión tan poco vendida fuera de Irlanda, más allá de los tópicos verdes, musicales y de cerveza negra. Una visión que, hasta hace bien poco, quedaba relegada a la propia Irlanda, pues los trapos sucios casi siempre se lavan en casa. La forma de escribir de Edna O´Brien, que ya es nonagenaria, me maravilla, con su destreza al elegir las palabras (y en este caso el trabajazo de la traductora Regina López Muñoz es impresionante), su audacia al contarnos historias que nadie más cuenta y la belleza completa de sus relatos. Al año siguiente, al leer sus memorias que se inician con su huída a la supuestamente libre, protestante y cosmopolita Inglaterra, comprendí buena parte del porqué de esa escritura tan emocional, tan política, entendiéndose política como el punto de vista de cada cual, y tan elegante. Porque si algo es la escritura de O’Brien es elegante.

Madre Irlanda, editado por Lumen, es precisamente, el previo a esas memorias en las que cuenta su paso de mujer rural de los años 50 a escritora exiliada y maldita en su país. Un previo en el que habla de esa Irlanda que la vio nacer, de esa Irlanda independizada hace treinta años, de esa Irlanda que dejaba atrás la monarquía para convertirse en república cuando Edna contaba con 19 años. Una Irlanda rural, con la omnipresencia de la Iglesia en todos los estamentos y rincones de la sociedad, llena de supersticiones, mitos, costumbres, pero también poesía, esencia y belleza absoluta. Una Irlanda donde Edna pasó su infancia entre caminos y prados, en un colegio de monjas, descubriendo la vida y finalmente huyendo, primero a Dublín y después a Inglaterra. Esta autobiografía de la infancia, comienza con un capítulo lleno de leyendas sobre el origen de Irlanda, porque la memoria de Edna O’Brien es la memoria de Irlanda, porque por mucho que huya, Irlanda sigue siendo la madre. Y esas leyendas, esas historias, las de la madre Eire y las suyas propias, son contadas de una manera bellísima, plagada de anécdotas de lo que era la vida común entonces, sobre las monjas y curas, la bebida, siempre presente, parte de aquella vida.

“Las anécdotas relacionadas con la orina eran las más picantes, sobre todo la del párroco que, al sospechar que su ama de llaves estaba pimplándose el jerez, decidió rebajarlo con orina, y cuando al cabo de varias semanas en las que el nivel de la licorera seguía descendiendo descaradamente le expuso el asunto, ella repondió: «Ay padre, lo que pasa es que todos los días le añado un chorrito a su sopa»”.

Capítulo 2 (Mi pueblo natal), pág. 59.

La obra escrita viene acompañada por fotografías de Fergus Bourke que complementan de manera igualmente bella los relatos de la escritora. Este fotógrafo, fallecido en 2004, era un observador nato, un fotógrafo con ojos de niño.

una poética visión terrenal

Entre las pocas aportaciones que me he encontrado en redes sociales y que de una u otra manera han enriquecido positivamente esta vida pandémica interconectada y ruidosa, se encuentra el hallazgo de una poeta norteamericana llamada Mary Oliver. La escritora, fallecida a principios de 2019, fue un descubrimiento gracias a un vídeo que, por suerte o por gracia de los algoritmos en Instagram, apareció en mi móvil en un momento en que tenía tiempo y quería verlo (aunque muy seguramente el hecho de no haber tenido tiempo y no haber querido verlo no hubiese sido impedimento para visionarlo). La verdad sea dicha, acceder a ver el vídeo no fue una decisión complicada ya que en él aparecía la maravillosa Helena Bonham Carter hablando de un poemario de la autora estadounidense. Los comentarios que aparecían en aquel vídeo, y no recuerdo quién lo colgó, me impulsaron a buscar alguna obra de la señora Oliver traducida y editada por aquí. Y afortunadamente las encontré en Ediciones Valparaíso, que cuenta con dos poemarios suyos, Felicity y Dog Songs.

Mary Oliver

La sorpresa de un febrero atípico fue la publicación por parte de Errata Naturae de una colección de breves ensayos de la autora estadounidense, titulado La escritura indómita, en donde, sin dejar del todo de lado su lírica voz, desgrana su visión del mundo, de la naturaleza, tan parte de sí misma, con un lenguaje bellísimo que no es obstáculo para relatar, de manera igualmente hermosa, la crudeza de ese mundo en vías de extinción. Oliver relata de manera respetuosa, casi con devoción, con absoluta atención, su sentimiento de pertenencia a esa naturaleza salvaje que nos rodea y que casi siempre vemos de pasada, las más de las veces ignorándola, que pocas veces miramos con interés y casi nunca observamos con detenimiento. Mary Oliver nos hace partícipes a quienes le leemos, de esa pertenencia a una colectividad que nos hemos empeñado en hacer ajena a nuestro(s) mundo(s) y que solo valoramos en cuanto a la utilidad de nuestros intereses mercantilistas.

Y en esta pertenencia a un mundo natural, el tiempo adquiere otra importancia. Oliver, como poeta, se debe a la inspiración de un momento que no corresponde a un tiempo marcado y ordenado. Particularmente bello es el ensayo donde relata su proceso de escritura, a partir de las anotaciones en una libreta que siempre lleva encima. Me gustó esto, porque yo también llevo siempre una libreta para apuntar lo que sea que tenga que apuntar. La diferencia evidente entre la señora Oliver y yo, es que los apuntes de la poeta pueden llegar a ser algo más complejo y adquirir la belleza de un poema y mis anotaciones casi siempre quedan olvidadas entre las páginas de la pequeña libreta. El de Oliver es un tiempo sin agenda, sujeto a los ritmos de la belleza, de la observación y de la inspiración y a veces roto por las interrupciones de la vida utilitaria. Reconozco mi admiración por esta forma de vivir.

Boy with telescope, New York Cruises, finales de los 50 (Molly Malone Cook)

En esta manera de vivir y de escribir en donde la atención es una parte indiscutible, Mary Oliver tuvo durante cuarenta años su complemento en su compañera, la fotógrafa Molly Malone Cook. Eran diferentes en cuanto a su manera de afrontar la existencia, pero su historia de amor fue un continuo descubrimiento mutuo, “una conversación de cuarenta años”.

Un nuevo acierto de esta editorial que, una vez más, nos presenta elementos que poder incorporar a nuestra vida, a nuestro pensamiento y a nuestra relación con la naturaleza, llamándonos la atención para volver a ser parte de ella.

una brillante conversación

Leer cualquier libro de George Steiner, de quien hace unas semanas hemos recordado el primer aniversario de su fallecimiento, es un auténtico deleite para enriquecer el pensamiento crítico de cualquier lector o lectora que se entregue a ello. Una de las mejores formas para introducirse en el brillante mundo de este intelectual, es hacerlo por medio de sus artículos y de sus múltiples conversaciones y entrevistas editadas en diferentes títulos, caso este último del libro que comento.

La barbarie de la ignorancia, editado por Alfabeto, es una conversación, una entrevista, que le realizó el periodista Antoine Spire en 1996. En su momento, a los dos años de realizarse, ya fue editada por aquí y ahora se ha vuelto a traducir con la añadidura de otra pequeña entrevista de 1998 y un epílogo del propio periodista en el que relata un momento tenso que tuvieron en aquella primera entrevista a cuenta de la admiración del pensador, que era judío, por el filósofo Martin Heidegger, miembro del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (nazi), y que dejó para la posteridad una frase lapidaria del pensador judío en relación al tema: “Heidegger fue el más grande de los pensadores y el más pequeño de los hombres”. La erudición de Steiner, cuyo pensamiento tocaba la música, la filosofía, la poesía y la literatura, es hoy en día imprescindible para no caer en manos de la barbarie, si bien la cultura no nos libra, ni mucho menos, de esa barbarie que hoy campa a sus anchas.

Steiner pensaba que nuestra relación con el mundo en el que vivimos tiene que ser la del buen huésped, “aprendiendo a ser los invitados de los demás y a dejar la casa en la que estamos invitados un poco más rica, un poco más humana, un poco más justa, un poco más bella que como la encontramos”. Por eso, su visión del mundo era una constante pregunta ante la sinrazón y la barbarie: “¿Por qué las humanidades en el sentido más amplio del término, y por qué la razón en las ciencias no nos han proporcionado ninguna protección ante lo inhumano?”. Mi intuición es que, a pesar de todo, la respuesta no se encuentra en lo comprobable ni en la pura ciencia, tampoco en el conocimiento, sino en la vivencia interior de cada persona, sabiduría, y es así que una persona, escuchando una ópera de Wagner puede llegar al éxtasis de la belleza y buscar la fraternidad y otra persona, en ese mismo momento, puede, a través de ese éxtasis de belleza, decidir invadir el país de al lado y matar a millones de personas por el hecho de que no entran en ese concepto de belleza que tiene. Porque la vida es mucho más que razón y ciencia, así mismo necesarias para el progreso humano (y recalco lo de humano). Así mismo, Steiner ofrece unas pinceladas de su pensamiento cuando nos obliga a pensar en la llamada cultura de masas, que siendo cultura, alinea, aborrega y lleva implícita una cierta violencia y desequilibrio para buena parte de esa masa acrítica. Y quizás esta sea otra de las cuestiones de porqué la cultura no es antídoto para la barbarie. Lo estamos viendo en la necesaria reivindicación de la libertad de expresión, pero sobre todo en el ignorado compromiso por la libertad de pensamiento, porque, y esto es de otro filósofo, sin libertad de pensamiento, la expresión corre el peligro de quedarse en mero borreguismo acrítico.

La verdad es que el libro tiene mucho material para subrayar y dejarte llevar por tus propios pensamientos, que puede que no estén en sintonía con lo que dice el pensador, pero quizás, solo el hecho de haber logrado trabajar tu propio criterio, aunque pueda diferir, o aunque te lleve por otros derroteros diferentes a los del intelectual judío, es ya una buena posición frente a la barbarie imperante.

Habría que ser de un cinismo total para ser optimista. Otra cosa es esperar. La esperanza.

George Steiner

un niño encerrado en sus libros

Descubrí al escritor francés una Semana Santa con su libro Resucitar. Desde entonces la escritura íntima y delicada de Christian Bobin me ha acompañado una o dos veces en cada año. En ese 2020 que tantas ganas teníamos que terminase, sin haber entendido, me temo, casi nada de lo que ha ocurrido, leí Prisionero en la cuna, editado por Encuentro. Es el segundo libro del escritor publicado por esta editorial, cuyo catálogo incluye desde libros religiosos y espirituales, hasta narrativa y libros infantiles.

En esa obsesión que tenemos por clasificar todo en este mundo (porque eso nos ofrece más posibilidades de encasillar entre “los míos” o “los otros”), existe un contratiempo para quien pretenda hacerlo con el autor borgoñés. Su escritura, que es una mezcla de pequeñas historias, opiniones, ensayos y aforismos, tiene la belleza de la poesía. Su obra está realizada con frases tan bellas que dudas si es poesía en prosa o es prosa con traje de poesía. En realidad todo esto, al común de lectores y lectoras, nos debería dar un poco igual, porque la realidad es que los libros de Bobin se leen con auténtico deleite, con ese ritmo pausado que obliga la literatura escrita de manera hermosa. También es verdad, o por lo menos a mí me ocurre, que no es un plato para comer todos los días, ya que puede llegar a repetir. Lo bueno en pequeñas dosis es el dicho.

En esta nueva obra de su prolífica producción literaria, el poeta vuelve a insistir en un tema recurrente en casi todos los libros: su visión de la vida desde su casa en Le Creusot, en este caso, haciendo un recorrido de su memoria infantil, desde esa mirada tras la ventana de su casa, al otro lado del pequeño jardín. Por la obra discurre su mirada por las flores, la nieve, la llegada de nuevos libros, los cortos paseos, nunca más allá de la fábrica, mirada delicada, centrada en pequeñas bellezas escondidas para el resto de las personas, miradas que en esa niñez a veces se convierten en auténticas visiones.

Un libro para leer con tenue luz, bajo una manta, si hace calor con los pies descalzos y siempre dejando la ventana con las cortinas descorridas, aprovechando los espacios existentes entre los breves capítulos para abrirte a la experiencia de probar en la búsqueda de aquellas pequeñas visiones que tú también tuviste en tu niñez y que nadie más observaba.

La edición de Encuentro tiene unas bellas ilustraciones de Andrea Reyes.

Ilustración de Andrea Reyes para Prisionero en la cuna.

imprescindible voz

Cada vez que he leído una obra de la pensadora y activista estadounidense, Rebecca Solnit, he concluido la lectura más persona, más consciente del mundo en que vivimos y más convencido de la necesidad de cambiar el orden de prioridades. Más persona porque la voz de Solnit es una voz que complementa la mía propia, que me sitúa en disposición de escucharla, su voz y tantas otras, y me descubre el camino para encontrar mi propia voz, muchas veces maquillada y muchas veces anulada por la gran voz de la masa oficial. Más consciente porque me pone frente a la realidad de un mundo anclado en la desigualdad, ya sea entre mujeres y hombres, o entre razas y economías, en definitiva, una desigualdad originada, sostenida y alimentada desde el poder que tienen los hombres, heterosexuales y blancos que han diseñado un mundo, una sociedad, un sistema y una cultura para su exclusivo beneficio mercantilista. Y más convencido de la necesidad de cambiar el mundo, empezando por mi persona y por lo que me rodea, porque si de algo es portadora la voz de Rebecca Solnit es de esperanza, del valor de la comunidad y de la posibilidad, siempre presente, de empezar hoy mismo a cambiar las cosas, por pequeñas que estas sean.

Recuerdos de mi inexistencia, editado por Lumen, es un libro de memorias con una narración poderosa, que parte, como no puede ser de otra manera en un libro de memorias, de los recuerdos y vivencias de la autora, pero de manera paralela se nutre de las memorias de los lugares, luchas y movimientos de décadas. El lugar, sin duda, es la mujer, una mujer muchas veces silenciada, o como dice Solnit, ignorada, porque para silenciar a alguien antes ha tenido que poder hablar y muchas mujeres han tenido y tienen permanentemente su voz anulada, en estado de off obligatorio. Habrá quien diga que lo que relata la autora no es nada nuevo, pero según su visión es importante nombrar los obstáculos que ha tenido en su vida para “que las jóvenes que vienen detrás de mí puedan saltarse algunos de esos obstáculos de antaño”. A mí, a pesar de haber tenido contacto y haberme nutrido de los debates y experiencias de los movimientos feministas, este libro me ha mostrado ese sentimiento interno de las mujeres, algo que yo, por muy cerca que pueda estar de discursos feministas, nunca podré experimentar. Por otro lado, es un libro que me ha abierto las puertas a encontrar mi propia voz, tal y como decía al principio del artículo, ya que de la misma manera que la voz de la mujer está permanentemente anulada por ese poder ejercido por el hombre, los hombres cuyas masculinidades son diferentes en ese modelo de hombre impuesto, también hemos tenido y tenemos nuestra propia voz silenciada y muchas veces escondida. Es bueno y necesario sacar a la luz todo esto y utilizar palabras, “aunque las usamos mejor si sabemos que son contenedores que siempre se desbordan y revientan, porque siempre hay algo más allá”. “Tener voz no implica solo la capacidad animal de emitir sonidos, sino también la posibilidad de participar plenamente en las conversaciones que configuran la sociedad, las relaciones con las demás personas y la vida propia”.

Rebecca Solnit recuerda su llegada a San Francisco, a un barrio de negros y negras, donde las antiguas casas de blancos habían sido paulatinamente olvidadas en la degradación y que posteriormente fueron sometidas, en esa espiral del mercado, a la gentrificación, expulsando a la comunidad negra, siempre vulnerable económica y socialmente. Solnit sabía que ella estaba de paso en la pobreza, aunque le dio tiempo a entender cómo funciona y qué efectos tiene. Su preocupación era la pobreza de espíritu de la que huía, ese sentimiento de derrotismo ante las dificultades y por eso decidió vivir exprimiendo al máximo lo que tenía, sabedora de que su color de piel y orígenes eran una baza en su formación. Y así fue, en la universidad y en las diferentes prácticas que comenzó a tener en diversos lugares y trabajos. Y durante toda su vida, en su casa familiar, en su formación y en sus primeros trabajos, supo y experimentó, como todas las mujeres, qué significa ser mujer en un mundo de hombres. Y ahí es donde comenzó su camino para encontrar su voz, acompañada por otras personas que buscaban su propio camino, a veces “infinitamente más difícil cuando todos los héroes y protagonistas no solo son de otro género, sino de otra raza, de otra orientación sexual”. Y en su camino de escritora, reconoce desde muy temprano que para eso es necesario crear tu propia identidad ya que “no puedes escribir una sola línea sin una cosmología”. En ese recorrido y aprendizaje, caminó en paralelo y compañada por la comunidad gay de San Francisco, de Castro, ese barrio que a principios de los 80 se hizo trístemente famoso con los primero casos de una enfermedad desconocida que “atacaba a los hombres homosexuales”. Y ahí, en esa comunidad, reconoció los nexos de unión entre el heteromachismo patriarcal y el heteromachismo homófobo, ya que “cuando un hombre homófobo insulta a un hombre gay, casi invariablemente lo hace comparándolo de manera desfavorable con una mujer”.

Los recuerdos de Solnit están plagados de luchas, en los movimientos feministas, contra polígonos de pruebas nucleares, con la comunidad gay, a favor de su barrio y contra la gentrificación, en movimientos culturales. Y a través de todos ellos entendió “que hay que abordar las cosas peores enfrentándose directamente a ellas. Si huimos, nos persiguen, si no les hacemos caso, nos pillan desprevenidas. Enfrentándose a ellas encontramos aliados, poderes y la posibilidad de ganar”.

En definitiva, un libro que cuenta una historia, que es la historia de muchas mujeres y de muchas personas. Un libro que Rebecca Solnit escribió en la creencia de que “las historias pueden cambiar el mundo, que han cambiado el relato colectivo del viejo relato global construido sobre un silenciamiento interminable”. Sigamos contando historias. Escribamos un nuevo relato.