infancia irlandesa

“Irlanda siempre ha sido mujer, útero, cueva, vaca, Rosaleen, marrana, novia, ramera y, por supuesto, la demacrada diosa Hag of Beara”.

Madre Irlanda, Edna o’Brien, Editorial Lumen, cap. 1 (La tierra), pág. 11

Hace cuatro años, gracias a uno de mis libreros de confianza, descubrí una autora irlandesa que me fascinó con su escritura y con esa visión tan poco vendida fuera de Irlanda, más allá de los tópicos verdes, musicales y de cerveza negra. Una visión que, hasta hace bien poco, quedaba relegada a la propia Irlanda, pues los trapos sucios casi siempre se lavan en casa. La forma de escribir de Edna O´Brien, que ya es nonagenaria, me maravilla, con su destreza al elegir las palabras (y en este caso el trabajazo de la traductora Regina López Muñoz es impresionante), su audacia al contarnos historias que nadie más cuenta y la belleza completa de sus relatos. Al año siguiente, al leer sus memorias que se inician con su huída a la supuestamente libre, protestante y cosmopolita Inglaterra, comprendí buena parte del porqué de esa escritura tan emocional, tan política, entendiéndose política como el punto de vista de cada cual, y tan elegante. Porque si algo es la escritura de O’Brien es elegante.

Madre Irlanda, editado por Lumen, es precisamente, el previo a esas memorias en las que cuenta su paso de mujer rural de los años 50 a escritora exiliada y maldita en su país. Un previo en el que habla de esa Irlanda que la vio nacer, de esa Irlanda independizada hace treinta años, de esa Irlanda que dejaba atrás la monarquía para convertirse en república cuando Edna contaba con 19 años. Una Irlanda rural, con la omnipresencia de la Iglesia en todos los estamentos y rincones de la sociedad, llena de supersticiones, mitos, costumbres, pero también poesía, esencia y belleza absoluta. Una Irlanda donde Edna pasó su infancia entre caminos y prados, en un colegio de monjas, descubriendo la vida y finalmente huyendo, primero a Dublín y después a Inglaterra. Esta autobiografía de la infancia, comienza con un capítulo lleno de leyendas sobre el origen de Irlanda, porque la memoria de Edna O’Brien es la memoria de Irlanda, porque por mucho que huya, Irlanda sigue siendo la madre. Y esas leyendas, esas historias, las de la madre Eire y las suyas propias, son contadas de una manera bellísima, plagada de anécdotas de lo que era la vida común entonces, sobre las monjas y curas, la bebida, siempre presente, parte de aquella vida.

“Las anécdotas relacionadas con la orina eran las más picantes, sobre todo la del párroco que, al sospechar que su ama de llaves estaba pimplándose el jerez, decidió rebajarlo con orina, y cuando al cabo de varias semanas en las que el nivel de la licorera seguía descendiendo descaradamente le expuso el asunto, ella repondió: «Ay padre, lo que pasa es que todos los días le añado un chorrito a su sopa»”.

Capítulo 2 (Mi pueblo natal), pág. 59.

La obra escrita viene acompañada por fotografías de Fergus Bourke que complementan de manera igualmente bella los relatos de la escritora. Este fotógrafo, fallecido en 2004, era un observador nato, un fotógrafo con ojos de niño.

una poética visión terrenal

Entre las pocas aportaciones que me he encontrado en redes sociales y que de una u otra manera han enriquecido positivamente esta vida pandémica interconectada y ruidosa, se encuentra el hallazgo de una poeta norteamericana llamada Mary Oliver. La escritora, fallecida a principios de 2019, fue un descubrimiento gracias a un vídeo que, por suerte o por gracia de los algoritmos en Instagram, apareció en mi móvil en un momento en que tenía tiempo y quería verlo (aunque muy seguramente el hecho de no haber tenido tiempo y no haber querido verlo no hubiese sido impedimento para visionarlo). La verdad sea dicha, acceder a ver el vídeo no fue una decisión complicada ya que en él aparecía la maravillosa Helena Bonham Carter hablando de un poemario de la autora estadounidense. Los comentarios que aparecían en aquel vídeo, y no recuerdo quién lo colgó, me impulsaron a buscar alguna obra de la señora Oliver traducida y editada por aquí. Y afortunadamente las encontré en Ediciones Valparaíso, que cuenta con dos poemarios suyos, Felicity y Dog Songs.

Mary Oliver

La sorpresa de un febrero atípico fue la publicación por parte de Errata Naturae de una colección de breves ensayos de la autora estadounidense, titulado La escritura indómita, en donde, sin dejar del todo de lado su lírica voz, desgrana su visión del mundo, de la naturaleza, tan parte de sí misma, con un lenguaje bellísimo que no es obstáculo para relatar, de manera igualmente hermosa, la crudeza de ese mundo en vías de extinción. Oliver relata de manera respetuosa, casi con devoción, con absoluta atención, su sentimiento de pertenencia a esa naturaleza salvaje que nos rodea y que casi siempre vemos de pasada, las más de las veces ignorándola, que pocas veces miramos con interés y casi nunca observamos con detenimiento. Mary Oliver nos hace partícipes a quienes le leemos, de esa pertenencia a una colectividad que nos hemos empeñado en hacer ajena a nuestro(s) mundo(s) y que solo valoramos en cuanto a la utilidad de nuestros intereses mercantilistas.

Y en esta pertenencia a un mundo natural, el tiempo adquiere otra importancia. Oliver, como poeta, se debe a la inspiración de un momento que no corresponde a un tiempo marcado y ordenado. Particularmente bello es el ensayo donde relata su proceso de escritura, a partir de las anotaciones en una libreta que siempre lleva encima. Me gustó esto, porque yo también llevo siempre una libreta para apuntar lo que sea que tenga que apuntar. La diferencia evidente entre la señora Oliver y yo, es que los apuntes de la poeta pueden llegar a ser algo más complejo y adquirir la belleza de un poema y mis anotaciones casi siempre quedan olvidadas entre las páginas de la pequeña libreta. El de Oliver es un tiempo sin agenda, sujeto a los ritmos de la belleza, de la observación y de la inspiración y a veces roto por las interrupciones de la vida utilitaria. Reconozco mi admiración por esta forma de vivir.

Boy with telescope, New York Cruises, finales de los 50 (Molly Malone Cook)

En esta manera de vivir y de escribir en donde la atención es una parte indiscutible, Mary Oliver tuvo durante cuarenta años su complemento en su compañera, la fotógrafa Molly Malone Cook. Eran diferentes en cuanto a su manera de afrontar la existencia, pero su historia de amor fue un continuo descubrimiento mutuo, “una conversación de cuarenta años”.

Un nuevo acierto de esta editorial que, una vez más, nos presenta elementos que poder incorporar a nuestra vida, a nuestro pensamiento y a nuestra relación con la naturaleza, llamándonos la atención para volver a ser parte de ella.

una brillante conversación

Leer cualquier libro de George Steiner, de quien hace unas semanas hemos recordado el primer aniversario de su fallecimiento, es un auténtico deleite para enriquecer el pensamiento crítico de cualquier lector o lectora que se entregue a ello. Una de las mejores formas para introducirse en el brillante mundo de este intelectual, es hacerlo por medio de sus artículos y de sus múltiples conversaciones y entrevistas editadas en diferentes títulos, caso este último del libro que comento.

La barbarie de la ignorancia, editado por Alfabeto, es una conversación, una entrevista, que le realizó el periodista Antoine Spire en 1996. En su momento, a los dos años de realizarse, ya fue editada por aquí y ahora se ha vuelto a traducir con la añadidura de otra pequeña entrevista de 1998 y un epílogo del propio periodista en el que relata un momento tenso que tuvieron en aquella primera entrevista a cuenta de la admiración del pensador, que era judío, por el filósofo Martin Heidegger, miembro del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (nazi), y que dejó para la posteridad una frase lapidaria del pensador judío en relación al tema: “Heidegger fue el más grande de los pensadores y el más pequeño de los hombres”. La erudición de Steiner, cuyo pensamiento tocaba la música, la filosofía, la poesía y la literatura, es hoy en día imprescindible para no caer en manos de la barbarie, si bien la cultura no nos libra, ni mucho menos, de esa barbarie que hoy campa a sus anchas.

Steiner pensaba que nuestra relación con el mundo en el que vivimos tiene que ser la del buen huésped, “aprendiendo a ser los invitados de los demás y a dejar la casa en la que estamos invitados un poco más rica, un poco más humana, un poco más justa, un poco más bella que como la encontramos”. Por eso, su visión del mundo era una constante pregunta ante la sinrazón y la barbarie: “¿Por qué las humanidades en el sentido más amplio del término, y por qué la razón en las ciencias no nos han proporcionado ninguna protección ante lo inhumano?”. Mi intuición es que, a pesar de todo, la respuesta no se encuentra en lo comprobable ni en la pura ciencia, tampoco en el conocimiento, sino en la vivencia interior de cada persona, sabiduría, y es así que una persona, escuchando una ópera de Wagner puede llegar al éxtasis de la belleza y buscar la fraternidad y otra persona, en ese mismo momento, puede, a través de ese éxtasis de belleza, decidir invadir el país de al lado y matar a millones de personas por el hecho de que no entran en ese concepto de belleza que tiene. Porque la vida es mucho más que razón y ciencia, así mismo necesarias para el progreso humano (y recalco lo de humano). Así mismo, Steiner ofrece unas pinceladas de su pensamiento cuando nos obliga a pensar en la llamada cultura de masas, que siendo cultura, alinea, aborrega y lleva implícita una cierta violencia y desequilibrio para buena parte de esa masa acrítica. Y quizás esta sea otra de las cuestiones de porqué la cultura no es antídoto para la barbarie. Lo estamos viendo en la necesaria reivindicación de la libertad de expresión, pero sobre todo en el ignorado compromiso por la libertad de pensamiento, porque, y esto es de otro filósofo, sin libertad de pensamiento, la expresión corre el peligro de quedarse en mero borreguismo acrítico.

La verdad es que el libro tiene mucho material para subrayar y dejarte llevar por tus propios pensamientos, que puede que no estén en sintonía con lo que dice el pensador, pero quizás, solo el hecho de haber logrado trabajar tu propio criterio, aunque pueda diferir, o aunque te lleve por otros derroteros diferentes a los del intelectual judío, es ya una buena posición frente a la barbarie imperante.

Habría que ser de un cinismo total para ser optimista. Otra cosa es esperar. La esperanza.

George Steiner

un niño encerrado en sus libros

Descubrí al escritor francés una Semana Santa con su libro Resucitar. Desde entonces la escritura íntima y delicada de Christian Bobin me ha acompañado una o dos veces en cada año. En ese 2020 que tantas ganas teníamos que terminase, sin haber entendido, me temo, casi nada de lo que ha ocurrido, leí Prisionero en la cuna, editado por Encuentro. Es el segundo libro del escritor publicado por esta editorial, cuyo catálogo incluye desde libros religiosos y espirituales, hasta narrativa y libros infantiles.

En esa obsesión que tenemos por clasificar todo en este mundo (porque eso nos ofrece más posibilidades de encasillar entre “los míos” o “los otros”), existe un contratiempo para quien pretenda hacerlo con el autor borgoñés. Su escritura, que es una mezcla de pequeñas historias, opiniones, ensayos y aforismos, tiene la belleza de la poesía. Su obra está realizada con frases tan bellas que dudas si es poesía en prosa o es prosa con traje de poesía. En realidad todo esto, al común de lectores y lectoras, nos debería dar un poco igual, porque la realidad es que los libros de Bobin se leen con auténtico deleite, con ese ritmo pausado que obliga la literatura escrita de manera hermosa. También es verdad, o por lo menos a mí me ocurre, que no es un plato para comer todos los días, ya que puede llegar a repetir. Lo bueno en pequeñas dosis es el dicho.

En esta nueva obra de su prolífica producción literaria, el poeta vuelve a insistir en un tema recurrente en casi todos los libros: su visión de la vida desde su casa en Le Creusot, en este caso, haciendo un recorrido de su memoria infantil, desde esa mirada tras la ventana de su casa, al otro lado del pequeño jardín. Por la obra discurre su mirada por las flores, la nieve, la llegada de nuevos libros, los cortos paseos, nunca más allá de la fábrica, mirada delicada, centrada en pequeñas bellezas escondidas para el resto de las personas, miradas que en esa niñez a veces se convierten en auténticas visiones.

Un libro para leer con tenue luz, bajo una manta, si hace calor con los pies descalzos y siempre dejando la ventana con las cortinas descorridas, aprovechando los espacios existentes entre los breves capítulos para abrirte a la experiencia de probar en la búsqueda de aquellas pequeñas visiones que tú también tuviste en tu niñez y que nadie más observaba.

La edición de Encuentro tiene unas bellas ilustraciones de Andrea Reyes.

Ilustración de Andrea Reyes para Prisionero en la cuna.

imprescindible voz

Cada vez que he leído una obra de la pensadora y activista estadounidense, Rebecca Solnit, he concluido la lectura más persona, más consciente del mundo en que vivimos y más convencido de la necesidad de cambiar el orden de prioridades. Más persona porque la voz de Solnit es una voz que complementa la mía propia, que me sitúa en disposición de escucharla, su voz y tantas otras, y me descubre el camino para encontrar mi propia voz, muchas veces maquillada y muchas veces anulada por la gran voz de la masa oficial. Más consciente porque me pone frente a la realidad de un mundo anclado en la desigualdad, ya sea entre mujeres y hombres, o entre razas y economías, en definitiva, una desigualdad originada, sostenida y alimentada desde el poder que tienen los hombres, heterosexuales y blancos que han diseñado un mundo, una sociedad, un sistema y una cultura para su exclusivo beneficio mercantilista. Y más convencido de la necesidad de cambiar el mundo, empezando por mi persona y por lo que me rodea, porque si de algo es portadora la voz de Rebecca Solnit es de esperanza, del valor de la comunidad y de la posibilidad, siempre presente, de empezar hoy mismo a cambiar las cosas, por pequeñas que estas sean.

Recuerdos de mi inexistencia, editado por Lumen, es un libro de memorias con una narración poderosa, que parte, como no puede ser de otra manera en un libro de memorias, de los recuerdos y vivencias de la autora, pero de manera paralela se nutre de las memorias de los lugares, luchas y movimientos de décadas. El lugar, sin duda, es la mujer, una mujer muchas veces silenciada, o como dice Solnit, ignorada, porque para silenciar a alguien antes ha tenido que poder hablar y muchas mujeres han tenido y tienen permanentemente su voz anulada, en estado de off obligatorio. Habrá quien diga que lo que relata la autora no es nada nuevo, pero según su visión es importante nombrar los obstáculos que ha tenido en su vida para “que las jóvenes que vienen detrás de mí puedan saltarse algunos de esos obstáculos de antaño”. A mí, a pesar de haber tenido contacto y haberme nutrido de los debates y experiencias de los movimientos feministas, este libro me ha mostrado ese sentimiento interno de las mujeres, algo que yo, por muy cerca que pueda estar de discursos feministas, nunca podré experimentar. Por otro lado, es un libro que me ha abierto las puertas a encontrar mi propia voz, tal y como decía al principio del artículo, ya que de la misma manera que la voz de la mujer está permanentemente anulada por ese poder ejercido por el hombre, los hombres cuyas masculinidades son diferentes en ese modelo de hombre impuesto, también hemos tenido y tenemos nuestra propia voz silenciada y muchas veces escondida. Es bueno y necesario sacar a la luz todo esto y utilizar palabras, “aunque las usamos mejor si sabemos que son contenedores que siempre se desbordan y revientan, porque siempre hay algo más allá”. “Tener voz no implica solo la capacidad animal de emitir sonidos, sino también la posibilidad de participar plenamente en las conversaciones que configuran la sociedad, las relaciones con las demás personas y la vida propia”.

Rebecca Solnit recuerda su llegada a San Francisco, a un barrio de negros y negras, donde las antiguas casas de blancos habían sido paulatinamente olvidadas en la degradación y que posteriormente fueron sometidas, en esa espiral del mercado, a la gentrificación, expulsando a la comunidad negra, siempre vulnerable económica y socialmente. Solnit sabía que ella estaba de paso en la pobreza, aunque le dio tiempo a entender cómo funciona y qué efectos tiene. Su preocupación era la pobreza de espíritu de la que huía, ese sentimiento de derrotismo ante las dificultades y por eso decidió vivir exprimiendo al máximo lo que tenía, sabedora de que su color de piel y orígenes eran una baza en su formación. Y así fue, en la universidad y en las diferentes prácticas que comenzó a tener en diversos lugares y trabajos. Y durante toda su vida, en su casa familiar, en su formación y en sus primeros trabajos, supo y experimentó, como todas las mujeres, qué significa ser mujer en un mundo de hombres. Y ahí es donde comenzó su camino para encontrar su voz, acompañada por otras personas que buscaban su propio camino, a veces “infinitamente más difícil cuando todos los héroes y protagonistas no solo son de otro género, sino de otra raza, de otra orientación sexual”. Y en su camino de escritora, reconoce desde muy temprano que para eso es necesario crear tu propia identidad ya que “no puedes escribir una sola línea sin una cosmología”. En ese recorrido y aprendizaje, caminó en paralelo y compañada por la comunidad gay de San Francisco, de Castro, ese barrio que a principios de los 80 se hizo trístemente famoso con los primero casos de una enfermedad desconocida que “atacaba a los hombres homosexuales”. Y ahí, en esa comunidad, reconoció los nexos de unión entre el heteromachismo patriarcal y el heteromachismo homófobo, ya que “cuando un hombre homófobo insulta a un hombre gay, casi invariablemente lo hace comparándolo de manera desfavorable con una mujer”.

Los recuerdos de Solnit están plagados de luchas, en los movimientos feministas, contra polígonos de pruebas nucleares, con la comunidad gay, a favor de su barrio y contra la gentrificación, en movimientos culturales. Y a través de todos ellos entendió “que hay que abordar las cosas peores enfrentándose directamente a ellas. Si huimos, nos persiguen, si no les hacemos caso, nos pillan desprevenidas. Enfrentándose a ellas encontramos aliados, poderes y la posibilidad de ganar”.

En definitiva, un libro que cuenta una historia, que es la historia de muchas mujeres y de muchas personas. Un libro que Rebecca Solnit escribió en la creencia de que “las historias pueden cambiar el mundo, que han cambiado el relato colectivo del viejo relato global construido sobre un silenciamiento interminable”. Sigamos contando historias. Escribamos un nuevo relato.

ni de regalo

Creo que es la primera vez que voy a comentar un libro leído que no solo no me ha gustado, sino que me ha parecido horrible, sin un solo aspecto que poder salvar. Tanto es así, que aún sin terminarlo, lo saqué a la venta en Wallapop, porque si se lo regalase a alguien sería más una maldición que un obsequio, y no es plan. Un amor, de Sara Mesa, una novela editada por Anagrama cuya única virtud, tal y como escuché el otro día en un club de lectura, es su brevedad y rapidez en la lectura. Afortunadamente se ventila en un par de sentadas.

La cuestión, y aquí viene lo gordo del asunto, es que según varios medios especializados y demás, el título de la escritora madrileña, ha sido encumbrado en varias listas al primer puesto de mejor novela y mejor libro del año 2020. O ji plá ti co. Y después de haber leído la novela, única y seguramente última que leo de esta señora, no puedo entender este hecho, a no ser que los parámetros y criterios de valoración no tengan que ver nada en absoluto con la literatura y sí más con los juegos e intereses económicos del mundo editorial. Porque, desde luego, es sospechoso que todas esas listas auspiciadas e impulsadas por editoriales, críticos que se deben a esas editoriales y periodistas que actúan como altavoz de dichas editoriales, hayan coincidido en elevar este escrito como lo mejor del 2020 (y mira que se ha leído en el año de la Pandemia…). Y habrá quien diga, bueno, Dani, pues lo sospechoso no es eso, si no que a ti no te ha gustado lo que ha todas luces es algo fuera de serie. Y puede darse esta situación, naturalmente, pero lo curioso es que después de hablar con diferentes personas, algunas libreras, otras grandes lectoras y otras asiduas lectoras, muy mayoritariamente han coincidido en mis impresiones, que ahora comentaré y solo he encontrado tres que hayan mostrado su gusto por la novela, “por su lenguaje directo”.

La historia es oscura, de esas que te producen desasosiego, irreal de principio a fin. Una mujer supuestamente culta, traductora, que se traslada a una casa de esas que existen en los límites de poblados, o entre polígonos, para escapar de algo que desconocemos del todo. Y ahí, en esas cuatro paredes pertenecientes a una aldea, se relaciona con un coro de hombres que fortalecen el protagonismo histriónico de la mujer. Un casero machista, asqueroso, opresor y baboso, un alemán extraño, mecánico, un hippie que lo sabe todo, un matrimonio de esos que se creen de clase media alta cuando en realidad son unos pringados, como todos, una pareja de ancianos donde al Alzheimer le pretende otorgar un halo de misterio y un perro que no existe, porque ningún perro, al decir de los entendidos, se comporta de ese modo. Y ahí, en medio de todas esas relaciones, una obsesión dañina, que raya lo ridículo. No hay un solo elemento que haga pensar en algo positivo. Todo es oscuridad. La historia, los personajes, que se regodean en todos esos tipos de maldad, la mujer, el lugar. Todo relatado de una manera desordenada en los estilos, que confunde, que deja sin concluir la historia principal, las historias secundarias, los personajes. Un libro que termina de manera precipitada, como si la autora hubiese tenido prisa por entregar el manuscrito al editor.

El libro, ya lo he dicho, me desasosegó, en momentos me enfadó, por la mierda de historia, sin un ápice de belleza, por una escritura que a mí, en ningún momento me aportó nada y por una pérdida de tiempo extraordinaria. Porque he leído libros que producen desasosiego, pero que están escritos bien, algunos incluso de manera magistral.

Lo dicho. Ni de regalo. Lo bueno de leer un libro en el seno de un club de lectura es que lees con otras personas, que tienen puntos de vista diferentes que enriquecen tu lectura. En este caso, todo ha sido coincidente. En la incredulidad de que esto sea el mejor libro de ningún lugar ni en ningún tiempo. Lo único bueno que he sacado de esta mala experiencia ha sido el poder reafirmarme en que las listas de éxitos sirven para poco en realidad y que para elegir una lectura es infinitamente mejor dejarte guiar por la opinión y consejos de un buen librero o una buena librera, por la experiencia de una persona con un cierto bagaje de lectura, o por la opinión de alguien a quien conoces.

No desisto en la posibilidad de encontrar a alguien que me haya dicho que le ha encantado (así debería ser con un libro que se sitúa en primera posición en diferentes listas de éxitos). Sinceramente, espero que alguien pueda comentarlo. Es posible que ese club de lectura seamos en realidad esa ínfima minoría que no hemos sabido valorar las bondades de la obra en cuestión y que de manera inverosímil hayamos coincidido en un mismo lugar y espacio para comentar nuestra lectura. Todo puede ser.

prefiero un mundo más real

“Nada mitigaba la inquietante violencia con que esa voz penetraba en mí. Padecía impotente que esa voz me quitara por completo la consciencia del tiempo, del deber y de mis propósitos, anulando mi capacidad de reflexión”.

Walter Benjamín sobre el teléfono, a comienzos del siglo XX.

Hopkinson ataca la gallarda de Dowland al laúd, instrumento melancólico donde los haya, posiblemente la mejor banda sonora para un día de lluvia, gris, desapacible, pero nutriente para una tierra a la que agotamos hora a hora. Hacía tiempo que no escuchaba música sin más, por el solo placer de escucharla, sin auriculares que la pongan como banda sonora de otra actividad, una de esas actividades que martillean sin cesar mi cabeza, actividades ridículas que hemos elevado a la categoría de imprescindibles para poder vivir con supuesta intensidad.

El cuarto día del experimento decidí salir toda una mañana sin móvil, sin auriculares, sin apps que clickar, sin sobreinformación que me “conecten” con el mundo. Con este mundo lleno de ruido. Con ese ruido omnipresente en la vida de millones de personas. Un ruido que imposibilita desarrollar pensamientos propios, que reduce nuestras relaciones a un “me gusta”, que ocupa cada segundo de nuestra vida en algo “útil”, como navegar por Internet saltando de artículo en artículo, cuando en realidad son todos el mismo con diferente titular, escuchar un podcast de lo supuestamente importante, revisar el correo, conocer cuántos pasos llevo andados en ese momento, estar al tanto de las últimas novedades editoriales que será imposible leer en toda una vida, o tragarme todas las series que se estrenan en las plataformas de turno. Lo que sea. Un maratón de tecnología, supuestas relaciones y ocio digitales. Tú solo contigo mismo. Quizás ni eso. Porque ya no estás solo. Pero, en cambio, cada vez hay más soledad en este mundo.

Photo by Jezael Melgoza on Unsplash

Minimalismo digital, de Cal Newport, editado por Paidós. No fui buscándolo, sin más estaba en la mesa de novedades en la librería. Una portada blanca y un cable de conexión sin conectar. Ilustrativo. Y en el fondo lo que dice ya lo sabemos. ¿Seguro? Eso es, que estamos enganchados. Ya. Tú no. Claro, tú eres especial. Como yo. Ja. En-gan-cha-dos. Yonkis del mundo digital. La media de veces que miramos el móvil a lo largo del día es 40 veces. Alrededor de cuarenta veces con un tic nervioso que es parte de nuestro tiempo. La media de horas que estamos “en el móvil” son tres horas. Al día. Ya, ya. Que tú no. Compruébalo en tu propio móvil y mira cuánto tiempo has pasado utilizando el móvil en esta última semana. A eso añádele el ordenador, podcast, el watch, la plataforma de series. Y de todas esas horas, calcula el tiempo pasado en redes sociales, leyendo lo mismo de todos tus “amigos”. Porque resulta que tus contactos en Facebook lo son porque los algoritmos dicen que son “de tu cuerda”. Con lo cual todos de acuerdo. Todos ponemos el mismo artículo en nuestros muros y si escribimos algo es de idéntica o muy parecida opinión a lo que pone la mayoría de tus “amigos y amigas”. Qué guay. Estamos todos de acuerdo. Ja. Ja ja.

Lo que me dejó aterrado del libro fueron los datos científicos, ahora que toda nuestra vida es buena o mala en virtud de lo que sea demostrable científicamente… ahí va una que está demostrada. El cerebro disminuye su capacidad de atención, de memoria y de comprensión cuanto más horas pasa atendiendo algo digital. Lo que sea. Ahí va otra. El cerebro tiende a la relación social de manera natural. Pero es que las relaciones digitales no son en realidad relaciones. Lo sabemos, ¿verdad? Con lo cual, el cerebro piensa que las relaciones son eso que hacemos en una app: un “me gusta”, incluso un comentario y una carita quizás con la lengua fuera. Y no. Eso no son relaciones. Vamos a dejar de engañarnos. Ni lo son, ni tienen las mismas consecuencias mentales, intelectuales, sentimentales o emocionales. Ni nos hacen más felices. Repito. Ni nos hacen más felices. Justo al revés. Cada vez hay más gente infeliz con muchos, muchos, muchos amigos en las redes sociales.

¿Y entonces qué podemos hacer? Hay varias opciones. Básicamente tres:

  • Eliminar todo lo digital de tu vida y vivir como en la Edad Media.
  • Hacer como que no pasa nada y morir con miles de amigos de redes que al cabo de un tiempo, cuando se enteren que has muerto, busquen en tu perfil para recordar quién eras.
  • Decidir qué parte de ese mundo digital hace que mejore tu vida y te hace mejor persona y utilizarlo de manera consciente solo cuando tú quieras y eliminar toda la parte que te hace masa sin capacidad de hacer tus propias elecciones.

El libro es oro en paño. Repito. No porque lo que ponga sea nuevo. Yo creo que quien más y quien menos ya lo hemos pensado más de una vez. El valor del libro en cuestión es que esa realidad la presenta de manera muy ordenada, con datos para reflexionar sobre ello y alternativas para trabajar el tema. Después de leer el libro, si lo haces con sinceridad, serás mucho más consciente de la presencia de lo digital en tu vida, y cómo y de qué manera influye en la misma. Y no digo que termines el libro y los treinta días de experimento sin conectarte a las redes sociales (en mi caso 25) siendo dueño absoluto de tu vida digital, pero sí que serás mucho más consciente de cómo la utilizas y sobre todo cómo te utiliza. Un día te encontrarás sorprendido con la relación de la gente con el móvil y otros aparatos digitales en la calle, algo de lo que nunca habías sido consciente, porque el tamaño del bosque es imposible verlo desde dentro. Quizás incluso seas capaz de tomar unas cuantas decisiones al respecto. Algunas de las que yo he tomado, nada originales, han sido las siguientes:

  • El móvil lo utilizaré con un horario que comienza a las siete de la mañana y concluye a las nueve de la noche, lo tendré siempre en silencio (esto lo hago desde hace casi dos años) y para desayunar, comer, cenar o salir a pasear, no lo utilizaré ni lo llevaré encima.
  • Desinstalar todas las apps de redes sociales de mi móvil y participar en ellas, solo desde el ordenador, y con un horario concreto de días y cantidad de horas.
  • Elegir uno o dos podcasts para escuchar a la semana y hacer esa escucha consciente, a poder ser sin auriculares.
  • He instalado una extensión en el navegador Web que utilizo para que en el rato que estoy conectado (recuerdo, con un límite de tiempo), si encuentro algún artículo que me interese, lo pueda mandar directamente a esa app y poder leerlo en otro momento, sin conexión, sin distracción y sin anuncios de ningún tipo. Para ello, en Twitter, que es el lugar de donde más me nutro de artículos, me he hecho una lista privada de los perfiles que más me interesan. La extensión y app es Instapaper, aunque hay muchas parecidas.
  • En cuanto al WhatsApp, estoy en un periodo de reflexión un poco más complejo, porque sin duda es la app que más incordia. Por de pronto, ya he avisado en mi estado de que puede que no conteste al momento y algunos grupos están en silencio permanente o utilizaré esta opción más a menudo. A mis amigas y amigos intentaré estar y hablar con ellos de manera real siempre que sea posible y si esto no puede ser, intentaré hacerlo mediante una llamada de teléfono.
  • La televisión y plataformas de “entretenimiento” solo las utilizaré, en caso necesario, un máximo de una hora al día. El ordenador también tiene un límite de tiempo.

Y mientras tanto ¿qué haré con todo el tiempo que no perderé en el mundo digital? Pues básicamente lo que he hecho en estas cuatro semanas. Disfrutar del silencio, pasear escuchando la vida o pasear hablando con un amigo (es una de las maravillas que he comenzado a hacer), aprender a hacer cosas nuevas, leer tranquilamente, escribir, meditar, comer de manera consciente, conversar con mi familia y amistades, leer en un club de lectura, aprendiendo de los puntos de vista de los demás, regar las plantas, despertarme con el mirlo, observar la naturaleza y las personas, escuchar la vida, escucharme a mí mismo, escuchar, escuchar y escuchar. ¿Qué? El silencio. En definitiva, dar gracias por esta vida extraordinaria.

Bueno gente, nos vemos en las calles, hablamos, ojalá que nos abracemos pronto. Muxuak (besos).

las grietas de América

No me suele gustar poner como título a una reseña el mismo título del libro que estoy comentando, pero hay veces en el que el título de una reseña no puede ser otro. Este es uno de esos casos. Las grietas de América, del periodista arbizutarra Mikel Reparaz, editado por Ediciones Península. Hoy comienza la era Biden. Termina el tiempo de Trumpistán. Lo que está medianamente claro, más después de la lectura de este apasionante recorrido bajo la piel de un país dividido, tal y como reza el subtítulo, es que las dos maneras de entender EEUU no solo han persistido, sino que han reforzado sus posiciones en los últimos cuatro años. Las grietas de América están cada vez más abiertas.

Antes de entrar en el contenido del libro, quiero comenzar diciendo que he disfrutado muchísimo con su lectura. Casi cuatrocientas páginas que devoras con auténtico placer en un recorrido por la actualidad política, la historia, la cultura y los hechos concretos que hacen la propia Historia, con personas reales y lugares, y todo contado con el buen hacer de un periodista de los que entienden el periodismo como el ejercicio de contar, la verdad y nada más, una verdad generalmente compleja. Esta última cursiva es una frase del propio Mikel. Su reflexión sobre el periodismo más allá de las píldoras informativas, que huye de la equidistancia como verdad matemática, es un magnífico ejemplo de ese periodismo casi inexistente hoy en día en los medios clásicos, de reportaje que da la posibilidad de que quien lo lea pueda sacar sus propias conclusiones. Es un periodismo que trata a quienes informa como personas adultas, no como una masa a quien convencer. Y es de agradecer algo así. Quienes hemos visto a Mikel en los teleberris hablando desde Estados Unidos, ya intuíamos algo así, a pesar de que las conexiones en un programa de noticias suelen estar acotadas, pero Mikel, en sus años como corresponsal de EiTB en EEUU, siempre ofrecía datos e historias para poder continuar por tu cuenta la búsqueda de información. Por eso, el libro no es falsamente equidistante, ni pretende serlo, con las dos formas de entender el país. Y no por ello está alejado de una realidad que atraviesa la piel del país desde sus orígenes.

Fotografía de @claybanks

El libro hace un recorrido por una realidad que, aunque incómoda, forma parte del país desde su propio nacimiento como nación independiente y aún más, desde que el actual país eran colonias europeas. Esa realidad es la de un persistente racismo que impregna todos y cada uno de los estamentos y aunque tiene mayor intensidad en algunos estados, mayoritariamente sureños, está generalizado por todo el país. Ese racismo, basado en la idea de una supremacía blanca original (de hombres y protestante), es contra la población afroamericana, pero también contra la comunidad hispana, nativa (pertenecientes a los pueblos originales que poblaban el lugar) y en muy menor medida asiática y judía. En las últimas décadas, el racismo contra las personas musulmanas ha elevado sus posiciones, como en el resto del mundo occidental. Es curioso observar los periodos históricos en que estos racismos han surgido o se han fortalecido (esclavitud y fin de la esclavitud, la llamada conquista del Oeste, guerra de Vietnam, 11-S, por poner un ejemplo). Si bien este racismo está presente en toda la sociedad, en desiguales intensidades, entre las comunidades de familias blancas conservadoras está más acuciado y forma parte de su propia manera de entender el país. Ni que decir tiene que el racismo es parte de las diferentes organizaciones fascistas protegidas en estos cuatro años por el presidente Trump.

Y lo bueno de Mikel, es que este recorrido lo realiza con datos y hechos concretos, partiendo del asesinato a manos de la policía de un joven negro, Freddie Gray, de Baltimore, Maryland, año y medio antes de la llegada de Trump al poder, hasta el asesinato de Heather Heyer, una manifestante contra una movilización supremacista, tras ser embestida por el coche de un neonazi en Charlottesville, Virginia. Estos dos episodios que protagonizan el primero y el último de los tres capítulos en que se divide el libro, tienen sus peculariadades. En el primero vemos el clásico racismo impregnado en la policía, en los estamentos y administración estadounidense, su historia y los avances y retrocesos que ha habido en torno a la desigualdad que tienen la ciudadanía blanca y la negra. En el último nos relata el escalofriante ascenso y expansión de los movimientos supremacistas y fascistas, con elementos históricos como el Ku Klux Klan, pero que van mucho más allá, ascenso conseguido gracias al amparo más o menos explícito de Donald Trump. Entre estos dos hechos, la llegada de Trump a la Casa Blanca, con un análisis de lo que hoy en día son los partidos Republicano y Demócrata, con los aparatos de cada partido, con Hillary Clinton, con Bernie Sanders y con las elecciones de 2016. Y a través de todo el libro, nombres, lugares, movimientos sociales, linchamientos, presidentes, política, operaciones inmobiliarias, caza de brujas, capitalismo, banderas, muertes, victorias y música, mucha música. Absolutamente ameno, uno de esos libros que, a pesar de lo duro del tema en muchos momentos, disfrutas leyendo de lo bien escrito que está, del conocimiento que destila y de la pasión que se palpa.

Como decía, una de las sorpresas del libro es la referencia constante a la música que es parte de hechos concretos, o que es el sentimiento de un momento, o el mensaje musicalizado que se expresaba entonces. Y tanto me ha gustado, que me he hecho mi propia lista en Spotify, lista abierta para que cualquiera podáis escucharla. Os dejo con ella, no sin antes animaros a leer el libro, a comprarlo en vuestra librería del barrio o de vuestro pueblo y a que lo solicitéis en la biblioteca pública. Una gozada. Espero que la era Biden, más allá de otras cuestiones, sea el momento en que esas grietas de América vayan cerrándose, haciendo de su país un lugar en donde el color de tu piel o tus orígenes no sean, per sé, motivo de desigualdades.

capitalismo democrático

A falta de unos días para que el demócrata Joe Biden se convierta en el 46 presidente de EEUU, transcurrida más de una semana desde el asalto al capitolio federal en Washington por parte de fascistas, seguidores y a instancias de Donald Trump, todavía inquilino de la Casa Blanca, me encuentro en la apasionante lectura de un libro escrito por el periodista arbizutarra, Mikel Reparaz, sobre la “actual” polarización del país norteamericano. Pero de Las grietas de América hablaré dentro de unos días.

El libro del que quiero hablar, escribir, hoy es un pequeño ensayo de menos de cien páginas, que recoge dos conferencias y un epílogo a modo de reflexión del filósofo y pensador francés, Alain Badiou, sobre Trump como síntoma mundial de una forma de hacer política, en realidad economía (¿acaso la política oficial es otra cosa?), globalizada que viene a llamar capitalismo democrático. El libro, editado por Clave intelectual, cuesta 14 euros y se titula en castellano, Badiou contra Trump. Lamentablemente no se encuentra en el catálogo de libros de la red de Bibliotecas de Navarra.

Este libro nos cuenta el previo. Es decir, las condiciones para que un tipo como Trump, racista, mafioso y showman, llegue a ser el presidente del motor del Imperio. ¿Qué ha ocurrido en la política estadounidense para que este empresario haya dirigido el país a través de su cuenta en Twitter? La respuesta, como casi siempre, parece bastante sencilla, aunque no lo es. La cuestión principal es saber hacer bien la pregunta. Y la pregunta, en este caso, no es otra que ¿cuál es la función de la clase política en un sistema democrático? Lo que lleva a la siguiente cuestión, ¿cuál es la función de un sistema democrático? Vamos allá.

Badiou parte de una constatación. El sistema capitalista globalizado, es el sistema que, actualmente, sostienen los sistemas democráticos en el mundo. Este sistema que se mantiene gracias a las desigualdades que crea (según su funcionamiento, para que unos ganen, otros tienen que perder), está agotado, ha fracasado. Pero en estos momentos no existe una alternativa real. La única alternativa, según el filósofo marxista, fue el sistema comunista que fracasó también estrepitosamente a finales del siglo XX. Todo esto, que dice Badiou, da lugar a una serie de reflexiones sobre el estado de los sistemas democráticos. Según el pensador, la función principal de los sistemas democráticos, de su establishment y administración, es la de sostener y defender el capitalismo, actualmente sujetos a las decisiones económicas de macroestructuras económicas y monopolios que actúan como verdaderos gobiernos a la sombra.

Llegados a este punto, Badiou, continúa la reflexión señalando que el fracaso del capitalismo y las cada vez mayores desigualdades creadas, es el caldo de cultivo en el que se han formado los sectores de trabajadores desencantados que se agarran a cualquier posibilidad, aunque sea un clavo ardiendo, que suponga un mensaje diferenciador del mensaje clásico del capitalismo democrático. Si este mensaje se lanza mediante manipulaciones, fake-news y desinformación, falsedades y mentiras constatadas, y es una especie de predicador quien se presenta como alternativa a ese establishment que condena a los trabajadores y trabajadoras a perder cada día más en sus supuestas posiciones de comodidad (y ahí entra en juego, también, la cuestión racial), el desastre está servido. En este punto, subraya que en las eleciones de noviembre de 2016, en realidad no se enfrentaron dos contrincantes con una propuesta diferente en cuanto al sistema, ya que, tanto Clinton, modelo de establishment desde el Partido Demócrata, como Trump, de facto parte de ese establishment no de partido sino de sentimiento, eran y son los valedores del capitalismo democrático en EEUU. Badiou señala también que en aquel momento sí pudo haber un antagonista de Trump en cuanto a ideas, que no era otro que Bernie Sanders, pensador y activista socialista, actualmente senador por Vermont, independiente en el Partido Demócrata. Pero, como se supo después y se intuía en el mismo momento, el señor Sanders fue boicoteado directamente desde el aparato de su propio partido.

El libro es de fácil lectura, de una extensión adecuada para que no lo dejes en el tercer capítulo, pedagógico en algo que, si bien no es algo que no se sepa, es capaz de ordenar y clarificar perfectamente las ideas sobre democracia y capitalismo. Tras la lectura del mismo, creo que se disponen de más elementos para poder hacer frente a esos otros Trump populistas y fascistas que ya están y muy posiblemente vayan llegando más en los próximos años a otros lugares del mundo, como Europa.

Hay algo que me dejó pensando al final del libro del señor Badiou. La alternativa a ese sistema de capitalismo democrático. Y cada vez que lo pienso, más me convenzo de que esa alternativa pasa por un pensamiento colectivo que fomente el cuidado de y desde las comunidades y por otro lado desde cada persona por trabajar más la empatía con el resto de seres humanos y con el lugar en el que habitamos.

euskera desde el sentimiento

Lo de hacer de recadero, según cuál sea el mandado, pues como que me hace hasta ilusión. Y esta fue una de esas ocasiones. Mi hermana Beatriz me pidió que le comprase un libro que había escrito una compañera suya de flamenco, porque mi hermana hace flamenco, con zapatos de tacones, falda que menear, y ese desparpajo necesario para dejarnos con la boca abierta, porque, oye, lo del flamenco es para flipar, con sus ritmos matemáticos que parecen tan naturales si tienes gracia. Pero bueno, a lo que vamos, que me pierdo por soleá. El caso es que Bea, como siempre, me mandó la petición muy ordenadica, por Whatsapp, con enlace al libro y todo, como siempre. Y le dije que sí, porque yo si hay libros de por medio, pues como si tengo que ir al fin del mundo. Así que al día siguiente me cogí la cesta para ir a comprar el pan y aprovechando que Walden está al lado de Ogi Egi, pues hice el recado. Y entonces, buscando en el Whatsapp el libro que tenía que comprar, de repente me fijé que era un diccionario. Oye pues nada, mira qué guay, porque a mí me encantan los diccionarios. Y Dani me dice —pues voy a ver si queda alguno, porque tengo varios reservados y la verdad es que ya he vendido unos cuantos. Y claro, el gusanillo de la curiosidad como que me picaba ya bastante. Y cuando salió con ese libro grande, de tapa dura amarilla, con unos dibujos de ramas adornando la portada, pensé lo chulo que parecía. Y lo es. Es precioso.

Pequeño diccionario sentimental. 57 palabras para empezar a amar el euskera, es un libro escrito por las hermanas Leticia y Regina Salcedo y con bellísimas ilustraciones de Liébana Goñi Yárnoz, editado exquisitamente por la editorial Pamiela. En esta obra recogen 38 palabras escogidas por ellas según su memoria familiar, su sonido, su significado y otras 19 escogidas por otras tantas personas, muchas de ellas escritoras, poetas o dibujantes como Bernardo Atxaga, Zaldi Eroa, Reyes Ilintxeta o Iñaki Perurena. Y son palabras preciosas como bihotz, kili-kili, musutruk, ttipi-ttapa, o pinpilinpauxa, palabras bellas, con sonidos mágicos, significados llenos de poesía y los más sorprendentes orígenes que dejan traslucir la mentalidad, cultura y forma de ver el mundo que tenían las personas que dieron esos nombres a esas cosas cotidianas. Porque eso es en realidad lo que nos dice la etimología de las palabras en cualquier idioma. Nos exponen cómo es esa cultura hablante o cómo era en el origen de esas palabras, pero también nos hablan de las cosas cotidianas de la vida, de esas expresiones que tenemos en nuestras familias y de esas palabras que a fuerza de repetirlas en un contexto concreto adquieren un significado unido a las personas que participaban o participan en ese con texto. Y esto es maravilloso. El poder de la palabra. Para lo bueno y para lo malo. es conveniente no olvidarlo nunca.

A veces, hacer de recadero compensa con creces.

Y así, no podía ser de otra manera, me compré yo también el libro, en Chundarata, porque en Walden ya se les había terminado, pero al fin y al cabo en una maravillosa tienda de barrio, con su decoración navideña que este año es una mesa con todo el servicio de té, sacado de Alicia en el País de las Maravillas, que no os podéis perder (Chundarata y Walden están en Paulino Caballero, en el 27 y en el 31 respectivamente… y si el libro es de viajes o paseos, en medio de las dos tenéis Muga, en el 27 también…). Y me lo ventilé en una tarde, y eso que paraba con cada palabra por puro deleite y pensando en mis propias palabras del euskera sentimental. Palabras que forman parte de mi vida, como xirimiri, con esa x tan suave pero que impregna todo, ama, porque sigue siendo sin estar ya, osaba en la voz de mi sobrino Amaiur, muxu que besa ya en la palabra, mandarra, que es la imagen de mi abuela en la cocina, ixiliko nahi, que nos decía nuestro abuelo porque su ama se lo decía de txiki, maitia, que siempre me llaman las Goñi, txapela, porque el aita es de los que mejor la lleva, como la llevaba su padre, bihotza, porque a pesar del frío te llevo tan dentro de mí.