euskera desde el sentimiento

Lo de hacer de recadero, según cuál sea el mandado, pues como que me hace hasta ilusión. Y esta fue una de esas ocasiones. Mi hermana Beatriz me pidió que le comprase un libro que había escrito una compañera suya de flamenco, porque mi hermana hace flamenco, con zapatos de tacones, falda que menear, y ese desparpajo necesario para dejarnos con la boca abierta, porque, oye, lo del flamenco es para flipar, con sus ritmos matemáticos que parecen tan naturales si tienes gracia. Pero bueno, a lo que vamos, que me pierdo por soleá. El caso es que Bea, como siempre, me mandó la petición muy ordenadica, por Whatsapp, con enlace al libro y todo, como siempre. Y le dije que sí, porque yo si hay libros de por medio, pues como si tengo que ir al fin del mundo. Así que al día siguiente me cogí la cesta para ir a comprar el pan y aprovechando que Walden está al lado de Ogi Egi, pues hice el recado. Y entonces, buscando en el Whatsapp el libro que tenía que comprar, de repente me fijé que era un diccionario. Oye pues nada, mira qué guay, porque a mí me encantan los diccionarios. Y Dani me dice —pues voy a ver si queda alguno, porque tengo varios reservados y la verdad es que ya he vendido unos cuantos. Y claro, el gusanillo de la curiosidad como que me picaba ya bastante. Y cuando salió con ese libro grande, de tapa dura amarilla, con unos dibujos de ramas adornando la portada, pensé lo chulo que parecía. Y lo es. Es precioso.

Pequeño diccionario sentimental. 57 palabras para empezar a amar el euskera, es un libro escrito por las hermanas Leticia y Regina Salcedo y con bellísimas ilustraciones de Liébana Goñi Yárnoz, editado exquisitamente por la editorial Pamiela. En esta obra recogen 38 palabras escogidas por ellas según su memoria familiar, su sonido, su significado y otras 19 escogidas por otras tantas personas, muchas de ellas escritoras, poetas o dibujantes como Bernardo Atxaga, Zaldi Eroa, Reyes Ilintxeta o Iñaki Perurena. Y son palabras preciosas como bihotz, kili-kili, musutruk, ttipi-ttapa, o pinpilinpauxa, palabras bellas, con sonidos mágicos, significados llenos de poesía y los más sorprendentes orígenes que dejan traslucir la mentalidad, cultura y forma de ver el mundo que tenían las personas que dieron esos nombres a esas cosas cotidianas. Porque eso es en realidad lo que nos dice la etimología de las palabras en cualquier idioma. Nos exponen cómo es esa cultura hablante o cómo era en el origen de esas palabras, pero también nos hablan de las cosas cotidianas de la vida, de esas expresiones que tenemos en nuestras familias y de esas palabras que a fuerza de repetirlas en un contexto concreto adquieren un significado unido a las personas que participaban o participan en ese con texto. Y esto es maravilloso. El poder de la palabra. Para lo bueno y para lo malo. es conveniente no olvidarlo nunca.

A veces, hacer de recadero compensa con creces.

Y así, no podía ser de otra manera, me compré yo también el libro, en Chundarata, porque en Walden ya se les había terminado, pero al fin y al cabo en una maravillosa tienda de barrio, con su decoración navideña que este año es una mesa con todo el servicio de té, sacado de Alicia en el País de las Maravillas, que no os podéis perder (Chundarata y Walden están en Paulino Caballero, en el 27 y en el 31 respectivamente… y si el libro es de viajes o paseos, en medio de las dos tenéis Muga, en el 27 también…). Y me lo ventilé en una tarde, y eso que paraba con cada palabra por puro deleite y pensando en mis propias palabras del euskera sentimental. Palabras que forman parte de mi vida, como xirimiri, con esa x tan suave pero que impregna todo, ama, porque sigue siendo sin estar ya, osaba en la voz de mi sobrino Amaiur, muxu que besa ya en la palabra, mandarra, que es la imagen de mi abuela en la cocina, ixiliko nahi, que nos decía nuestro abuelo porque su ama se lo decía de txiki, maitia, que siempre me llaman las Goñi, txapela, porque el aita es de los que mejor la lleva, como la llevaba su padre, bihotza, porque a pesar del frío te llevo tan dentro de mí.

con ojos de niña

Kramp, de la chilena María José Ferrada, editado por Alianza Editorial, es una suerte de memorias ficticias escritas con la mezcla de la nostalgia y la mirada de una niña. M es la niña que relata sus recuerdos en esta pequeña obra llena de emociones y pensamientos y con la gracia de la niñez. D es el padre de M, vendedor de productos de ferretería de la marca Kramp. Trabaja en uno de esos empleos ya en vías de olvidarse, de cuando los vendedores eran viajantes y recorrían pueblos y ciudades con sus catálogos vendiendo serruchos, tornillos y llaves inglesas. D también es un padre con una conciencia paterna algo diferente a la habitual. Por lo menos a la habitual en la vida real. A petición de M se embarca en una aventura padre-hija que les hace recorrer juntos esos bazares y ferreterías, esos bares y cafeterías llenos de vendedores, como si fuese una aventura liderada por el Gran Carpintero, que gracias al catálogo Kramp lleva las riendas del mundo, todo a espaldas de una madre recluida y silenciosa… En ocasiones me ha recordado a ese personaje maravilloso de Roberto Begnini en La vida es bella, ese Guido que es capaz de hacer que su hijo Giosué viva en un mundo paralelo a pesar de encontrarse en un campo de concentración nazi.

Sonntag, 1926. Edward Hopper

Es una novela corta, que no sabes por dónde va a discurrir en la siguiente página, como la mente de una niña (o niño) que no sabes qué piensa y qué va a decir en un momento. Está muy bien escrita y tiene frases preciosas. La relación entre la niña y el padre es de cuento, aunque la tozuda realidad nos dice que solo puede ser así en un cuento, en una historia pensada y relatada por una niña, porque cuando la hacemos confrontar con esa realidad el cuento se convierte en desorden. Por eso hay que seguir leyendo cuentos, historias, relatos y novelas, para poder refugiarnos en la mirada de una niña de vez en cuando.

El primer año de vida supe, por ejemplo, que hay algo que se llama día, algo que se llama noche y que todo lo que pasa en una vida cabe dentro de una de esas dos categorías.

una historia de relaciones sureñas

Generalmente, cuando pienso en el sur de los EEUU, pienso en campos de algodón, en amplias y desfavorecidas comunidades afroamericanas, en granjeros blancos con fusil, en los colores y músicas de Nueva Orleans, en mayorías para Trump y en lobbys de origen cubano. Y existen, pero son clichés. Demasiados clichés. Simplistas clichés.

El paso siguiente en el baile, de Tim Gautreaux, editado por La Huerta Grande, es una novela que me ha abierto los ojos ante una realidad no conocida, incluso inimaginable, de ese sur norteamericano. El tema es conocido y una de las bases de la literatura universal: el (des)amor de un matrimonio en tiempos de crisis. La acción se desarrolla en un pequeño pueblo de Louisiana, en plena crisis industrial propiciada por el cierre de las plantas de extracción petrolífera que sostenían la economía local y la protagoniza una joven pareja de la comunidad cajún. ¿Perdona? ¿Qué es eso de cajún?

Como sabemos, los actuales Estados Unidos son la consecuencia de un desarrollo colonialista en el que participaron diferentes países, como el británico, el francés o el español, entre otros. Los movimientos migratorios, debidos a estas ansias colonialistas y a las guerras que propiciaron, están en el origen de los actuales estados que conforman EEUU. ¿Qué país no es fruto de movimientos y desplazamientos humanos, en mayor o menor medida? El caso es que Louisiana fue uno de esos lugares que, hasta que llegaron los colonos, eran un lugar donde vivían pueblos y naciones indoamericanas. Pero llegaron los españoles, después los franceses (de ahí el nombre del estado, en honor al monarca francés, Louis XIV), nuevamente los españoles en parte del territorio y posteriormente los ingleses, hasta que se independizaron de la corona británica. Como los movimientos migratorios no son estáticos en su territorio, resulta que en 1765, millares de francófonos de la zona de Nueva Escocia e Isla del Príncipe Eduardo, conocida como Acadia, en la actual Canadá, fueron expulsados por los nuevos invasores ingleses de aquellas tierras y obligados a trasladarse a otro lugar y recalaron, precisamente, en la parte “española” de Louisiana, que a partir de entonces se conoció como Acadiana. Esa comunidad migrada de Acadia, francófona y posteriormente mezclada con los colonos españoles y alemanes, es la conocida como comunidad cajún. Su cultura ha tenido importancia en la música y gastronomía y en 1980, fueron reconocidos oficialmente por el gobierno norteamericano como grupo étnico.

Bueno, al lío. La novela es impresionante en cuanto al tratamiento de los personajes. Muy, muy trabajados, tanto los dos protagonistas, como el resto de “secundarios”. Paul y Colette son un matrimonio de veinteañeros, típica pareja que llevan desde el instituto. Pero, y es un pero grande en esta relación, Colette, cajera de ventanilla de un banco local, está aburrida del pueblo donde ha nacido y vive como el resto de su familia y aspira a otra cosa. Aunque no sabe muy bien a qué. Simplemente a escapar de aquello. En cambio Paul es un hombre sencillo, quizá incluso simple. Trabaja de mecánico, le encantan las máquinas y motores, y le basta con bailar de vez en cuando por ahí, en pistas de baile, beber alguna cerveza y tener una buena pelea de bar (por lo visto, algo bastante habitual allí). Alrededor de ellos, familias parte de esa comunidad cajún, amigos de esas peleas de bar, las marismas y pantanos de la costa de Louisiana, mirando siempre al Golfo de México. Y entonces Colette, decide irse, en un viaje en tren, hasta California, que está a miles de kilómetros, pero para aquella gente es como irse a Marte. Y ese es el desencadenante de toda esa historia de relaciones personales, sentimentales y territoriales.

Se lee a gusto. Gautreaux consigue que te metas en la historia de lleno, gracias a su capacidad de retratar personajes y lugares con tal cantidad de detalles que es como si estuvieses presente en el relato. Los últimos seis capítulos son uno de los finales de novela más intensos que he leído nunca, en donde se cierra el círculo de ese retrato de personajes visiblemente simples, pero con una historia repleta de sentimientos y realidades complejas. Como la vida misma. Por cierto, la traducción es un trabajazo impresionante de José Gabriel Rodríguez Pazos. Os dejo un comentario suyo a esta traducción.

manifiesto por la lectura

Irene Vallejo ha escrito un manifiesto por la lectura que recoge, de manera preciosa, qué representan los libros en nuestra sociedad. Por encargo de la Federación de Gremios de Editores y editado de manera bellísima, en tapa dura y pequeño formato, por la editorial Siruela, la filóloga maña y reconocida autora de divulgación de la cultura clásica, expone, en nueve capítulos, una defensa de la lectura que emociona. Emociona porque ordena de manera sutil lo que otros tenemos en la cabeza y sentimos al leer.

Photo by Annie Spratt on Unsplash

Sin la lectura sería una persona absolutamente diferente, eso lo tengo bastante claro. La lectura me abre la mente a otros espacios, a otras maneras de pensar, a otras situaciones, a otras realidades, a otros tiempos. Me abre hacia las demás personas. Me invita a escuchar y a entender al otro. Y me ayuda a mirarme a mí mismo. Y si lo hace de manera hermosa por la belleza de una escritura, es un placer inmenso. De los nueve puntos, me quedo con uno que subraya la capacidad de quietud, silencio, reflexión y control de un tiempo que normalmente, en estos tiempos que vivimos, discurre de manera frenética. Leer, hoy en día, es volver al origen del ser humano.

Os animo a descubrir este manifiesto o a hacer nuestro propio manifiesto por la lectura, por los libros, las librerías y las bibliotecas. Cada cual tendrá sus razones para lanzarse a este placer.

Lee y conducirás. No leas y serás conducido.

Santa Teresa de Jesús

coronavirus, cambio climático y guerra social

Errata Naturae aprovechó para hacer durante el confinamiento lo que el resto decía que había que hacer. Esto es, pensar, reflexionar y para eso, parar. Una editorial que decidió dejar de publicar libros durante el tiempo que durase la reflexión.Y pasados unos meses, nos obsequiaron con esa reflexión. Habrá quien pueda pensar que una reflexión de una editorial de poco puede servir a quien no se dedica a la edición de libros. Pero no, la verdad es que es una reflexión absolutamente válida para todo el mundo, cada cual en su campo o simplemente, si es que esto es simple, para la vida misma. Os animo a leerla.

El primer libro editado tras esta reflexión, no podía ser de otra forma, trata sobre el coronavirus. ¿Un libro sobre el coronavirus? ¿Quién va a querer leer un libro sobre el único tema con el que nos ametrallan a todas horas los medios y que se ha convertido en el eje de la vida del ser humano en todo el mundo? Bastante tenemos con eso, pensaran algunos, ¿verdad?

El murciélago y el capital. Coronavirus, cambio climático y guerra social, de Andreas Malm. Joder, el título se las trae. Por de pronto y después de esta lectura, adelanto que este escritor y activista sueco lo coloco entre los autores que no voy a perder de vista. Capitán Swing acaba de publicar otro libro suyo sobre las raíces del calentamiento global y Errata Naturae próximamente publicará otro que lleva el sugerente título de Cómo dinamitar un oleoducto: nuevas luchas para un mundo en llamas. Como para no hacerle caso. Sobre el libro, antes de que nadie se asuste, decir que es de lectura fácil. Se lee a gusto. Esto no quiere decir que sea un libro superficial, o que no ahonde en lo que expone. Ni siquiera quiere decir que esté escrito con simpleza o de un modo generalista. Lo digo porque en estos tiempos es mejor aclarar algunos conceptos. Es un libro escrito por una persona que utiliza buenas fuentes, que sabe de qué va el tema y que pretende que este conocimiento se extienda cuanto más mejor. Y lo hace en tres partes diferenciadas. Allá vamos.

  1. En esta primera parte, el señor Malm expone el origen del coronavirus, de dónde viene, cuáles han sido las causas de esta situación. En estos meses hemos escuchados teorías para todos los gustos, pero la realidad es bastante simple, aunque sea jodida. El covid-19 este, el SARS-CoV-2, es solo uno de los más de setenta tipos de coronavirus existentes (conocidos) que pululan por el mundo. Los hay agresivos con el ser humano, y otros inocuos. Es un tipo de organismo que se propaga y sobrevive gracias a otros seres vivos y uno de esos seres que mejor hacen la necesaria función de transporte es el murciélago. Hay otros animales que también lo hacen. Hasta ahí, todo más o menos claro. La cuestión es que los murciélagos habitan en un tipo de bosques desde hace miles de años, pero resulta que estos bosques, literalmente, los estamos aniquilando. Así que, ¿qué hace el murciélago, que lleva en su cuerpecito diferentes tipos de coronavirus y otros organismos? Pues buscarse otro lugar para vivir, pobre infeliz, en paz. Así que en ese viaje de un lugar a otro, atraviesan otros hábitats, donde la presencia del ser humano es mayor, donde hay mercados de comida, otros animales salvajes y domésticos (estos últimos casi todos en granjas industriales). Y claro, pues el coronavirus, en su afán de supervivencia, salta de un ser a otro. Todo esto en un mundo globalizado e hiperconectado físicamente por avión. Además de todo esto, el autor sueco nos explica su relación con el cambio climático, diferentes enfermedades y epidemias-pandemias anteriores y previsiblemente futuras, calentamiento global, movimientos migratorios y demás. Nos abre los ojos.
  2. En la segunda parte nos detalla las causas de ese calentamiento global. La causa es solo una: sistema capitalista hiperdesarrollado, que ha llevado a un modo de vida basado en el sobreconsumo a costa del agotamiento del planeta. Dicho de otra manera, cómo el agotamiento natural de la Tierra es consecuencia directa de la explotación económica que una minoría realiza para su enriquecimiento a costa del empobrecimiento de una mayoría. Hace un recorrido por varios países y gobiernos de esos países, de las decisiones que han tomado y toman, y de cómo esto afecta a la propia supervivencia del planeta. El capítulo es tremendo.
  3. Y en la tercera parte nos habla de la necesidad de construir alternativas a todo esto. Según Andreas Malm, ya no se trata de parar este cambio climático, sino directamente de darle la vuelta si es que queremos sobrevivir como planeta. Y para eso, hace un llamamiento a la guerra social. Medidas posiblemente impopulares desde nuestra mentalidad de cómodo consumidor con un click, como la paralización de la extracción de crudo, dejar de coger el avión hasta para ir al baño, y disminuir radicalmente nuestro consumo en general y la carne en particular. Además aboga por diferentes propuestas a nivel local que hagan frente al sistema capitalista y neoliberal. Y en esas estaba cuando he recordado conversaciones que tengo con amigas y amigos mientras paseamos o escritos que leo por alguna red social (sí, además de sectarismo, demagogia, maximalismo y enfrentamiento, en las redes sociales, si lo buscas, puedes encontrar cosas y gente interesante). Y aquí, en Iruñea, en Nafarroa, tenemos posibilidad de poner en marcha iniciativas basadas en algo tan nuestro como el comunal, como apuntan Alberto Jauregi y Xabi Senosiain, el auzolan y la vivencia comunitaria y vecinal. En cada lugar existirán alternativas posibles que deberán dejar de ser utopías si es que queremos lograr la Utopía de vivir en equilibrio en un planeta que tenemos que cuidar para poder cuidarnos entre nosotras y nosotros. Alternativas que tendrán que ponerse en marcha vigilando y defendiendo los derechos humanos y las libertades sociales y personales.

En definitiva, es un libro muy recomendable para cualquiera que quiera ir más allá de las cifras de afectados de la pandemia, más allá de las necesarias medidas gubernamentales (pre y post) y más allá del doloroso momento que estamos viviendo y que, sin duda, vamos a vivir en los próximos tiempos. Y si no es este libro, por favor, encontrad tiempo para leer siquiera algún reportaje sobre el tema, que esté bien contrastado, que tenga fuentes fiables y que dé pie a la reflexión individual y compartida. Salid a pasear por el campo, por un bosque o un parque, con amigos (y mascarilla) y comentad lo leído. Os sorprenderéis la de cosas que se aprenden en esos paseos.

No obstante, la crisis del coronavirus sí podría representar el momento en que los “seres humanos toman conciencia de su propia condición natural y ponen fin a su dominio de la naturaleza”.

Theodor Adorno, Sobre la teoría de la historia y de la libertad (1964-1965).

a los sres. Sánchez, Iglesias y resto del club

Esta pasada semana, en un agradable descubrimiento literario e intelectual, una sorpresa inesperada, del helenista-humanista-demócrata, Pedro Olalla, no he podido sino pensar continuamente en ustedes. Y créanme, no era mi intención torturar de manera tan inmisericorde mi humilde persona, pues sinceramente otras preocupaciones y aficiones son mucho más importantes para mí, sin que esto, espero no se molesten, suponga un menosprecio a ustedes. Ustedes allí, con su circo, y este trabajador aquí, con sus paseos, sus silencios y sus lecturas. Ni ustedes ni yo somos más, ni menos, que el otro. No se preocupen.

Fotografía de Justin Bautista

El caso es que, después de una insulsa novelita nipona que ha sido una pérdida de tiempo y que no me ha aportado siquiera ese gusto por la naturaleza que rezuma la literatura japonesa (El jardín de primavera, de Tomoka Shibasaki, para quien quiera prevenirse de antemano), abordé un libro que fue la última recomendación y venta de quien ha sido protagonista de una maravillosa experiencia que, a causa de la mala fortuna y seguramente otros elementos que no tengo porqué conocer, ha tenido que cerrar el pasado mes de agosto sus puertas. Deborahlibros fue ese experimento de hacer realidad física y palpable un proyecto virtual en forma de blog en el que Katixa lleva años hablando, recomendando, llorando, viviendo y sintiendo literatura. Y en mi última visita a aquella librería, ya con los estantes llenos de huecos y con las cajas de cartón asomando amenazantes para llenar de sueños no adquiridos sus espacios vacíos, Katixa la librera, me recomendó, semi-conocedora de mis gustos personales, como solo saben aventurarse los buenos libreros, un librito que no llega a las doscientas páginas, editado por la editorial Acantilado, que tras la venta y desaparición de Gredos en la desastrosa RBA, es de las pocas que se atreven a dar espacio al pensamiento humanista, en gran parte deudor de la filosofía como base de producción intelectual.

La obra en cuestión, lleva por título Grecia en el aire. Herencias y desafíos de la antigua democracia ateniense vistos desde la Atenas actual. Y se preguntarán ustedes, preclaras mentes de la política española, qué tiene que ver todo esto con sus ilustrísimas. Pero es que creo sospechar que sus señorías, tan viajadas e ilustradas, tan presidentas y catedráticas, tan encorbatadas unas y tan sport otras, hace tiempo han olvidado algunas reflexiones e incluso certezas que el sr. Olalla realiza en este indispensable ensayo. Lo que yo creía una suerte de recorrido histórico-turístico por algunos lugares de la Atenas actual, es, sin embargo, una extraordinaria revisión de la historia política de la antigua Atenas, que no es otro que el repaso a la idea de democracia surgida entre aquellas piedras rodeadas de pinos, mirtos, laureles e higueras. Ideas revolucionarias que fueron el centro de la vida de aquella ciudadanía ateniense y de las mentes de los Temístocles, Pericles, Aristóteles o Sófocles de turno. Ideas revolucionarias que poco o nada tienen que ver con la pretendida democracia que en la actualidad llena las bocas de la mayoría de dirigentes de este maltrecho planeta, del norte y del sur, de izquierdas y hasta de derechas, pues hoy, quien más y quien menos se autodeclara acérrimo defensor de la democracia, se llamen Trump, Casado, Maduro, Johnson, o como ustedes mismos, Sánchez o Iglesias. Pero leyendo esta exquisita obra, uno se pregunta, no sin angustia, si de verdad seguimos creyendo que la democracia consiste en votar cada cuatro años, o cada dos, o cada tres meses, según les plazca a sus señorías. Olalla nos sitúa ante una realidad incómoda como es que la democracia original hace siglos desapareció y que en la actualidad solo llegamos a vislumbrar retazos de aquella idea tan explosiva como era que el pueblo es capaz de poner en marcha los mecanismos suficientes para gobernarse, legislarse y juzgarse, de manera libre, participativa y equitativa, solo por el mero hecho de servir a la sociedad de la que forma parte. Y desgraciadamente esto, en la actualidad, desde un lugar donde algo tan básico en democracia como es la soberanía, individual y colectiva, es vilipendiada día sí y día también, y donde algo tan antónimo y contrario a la propia idea de democracia, como es la monarquía, son pilares fundamentales del sistema, y cuyas leyes propias, léase constitución, son consideradas más importantes que la propia ética, es una quimera.

Permítanme aprovechar esta misiva dirigida a ustedes y a todos los miembros de tan distinguido club, no solo para aconsejarles a ustedes mismos la lectura, entre vino y vino, de este ensayo escrito desde una Grecia machacada por ese pretendido sistema “democrático” europeo, si no para poder animar a cualquier otra persona, principalmente a esas que asisten atónitas y cansadas a este pan y circo, más romano que griego, la lectura y reflexión del mismo.

Yo mismo, después de leerlo, me he quedado mucho más tranquilo, no desde luego por la plasmación del paripé trágico al que asistimos cada día, sino porque todavía existen personas, como Pedro Olalla, capaces de escribir sobre papel algo tan simple, sencillo y a la vez angustioso, como es la certeza de que esto que vivimos no es, ni por asomo, una democracia. De que este sistema “democrático” dejó hace tiempo de ser un Nosotros para ser un Ellos-Nosotros. Una aseveración, por otro lado, revolucionaria u, ojalá así fuera, germen de revolución.

Un saludo de este ciudadano harto de oligarquías, tecnocracias y monarquías. ¡Viva la democracia! Con todas sus consecuencias.

querido Ahmed

Esta semana, el henelista Carlos García Gual, en visita a la Biblioteca General de Navarra, allá donde se pierden los mojones de la vieja Iruñea, comentaba la modernidad de Ulises en su necesidad de la vuelta a casa, al hogar, a los orígenes. Y no puedo sino mostrar mi acuerdo con la afirmación. Ulises, Odiseo que le llamaban en su casa, en su caso obligado por el honor y las apariencias, por ese preservar el orden social del que era pilar, parte lejos de casa, a la guerra, como un yanqui de Reagan, o de los Bush, o de Clinton u Obama o del histriónico actual, porque en el Imperio poco importa quien duerma en la Casa Blanca, ya que su afición, al igual que los aqueos de la guerra de Troya, es meterse en camisas de once varas y en conflictos ajenos, como si su participación fuese el elemento necesario para la supuesta resolución de la pugna. Y tras diez años soportando el salitre en las costas troyanas, o el polvo del desierto sirio, después de años siendo testigo de centenares de cremaciones de compañeros de armas, o de ataúdes recubiertos de zinc y una bandera de barras y estrellas, luego de ser autor de violentos asesinatos y torturas, la mayoría de ellas, por lo menos hasta finalizar el acto de esta triste representación, sin que el dictador de turno o el Príamo del momento se priven del aroma de la familia o el gusto de los banquetes, tras esos años de viaje cultural al horror en producción propia, necesitan volver a casa, a contar la leyenda de su odisea, obviando, eso sí, la sangre, los gritos de desesperación y los huérfanos muertos de hambre en las polvorientas calles. Y es entonces, cuando en esa lectura del clásico homérico se echa en falta, para que sea una lectura completa, la parte oscura de la historia, las miserias propias del supuesto héroe y el rastro de miseria y dolor dejado por el soldado movilizado lejos del fuego de su hogar.

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Fotografía de Santi Palacios

Ahmed, tu y tu familia sois ese reguero de angustia y tristeza que después de los años necesarios para el juego de dioses y héroes, tuvisteis que salir de vuestro pueblo arrasado. No fue una partida con despedida oficial de trompetas y banderas. Vuestra única bandera era el hambre, la necesidad de olvidar, la angustia por vivir. Comenzasteis el camino en vuestra Siria natal, en Afrín, huyendo de una guerra televisada que ha dejado hasta la fecha 380.000 personas muertas, de las cuales 107.000 eran civiles. Sois una familia más de sirios, entre cinco y diez millones según las fuentes, que tuvieron que abandonar aquel antiguo paraíso convertido en polvo y piedra. Y tras meses de camino, en el que murieron compañeros del éxodo, unos en zanjas de campos perdidos, otros en el Mediterráneo, arribasteis a aquella Lesbos que Aquiles señaló como parte del reino de Príamo, famoso por sus riquezas y hoy rincón abandonado de Europa, en el que os hacináis, en un campamento llamado Moira, hasta diez mil personas, cuando en el máximo de su capacidad podría albergar a dos mil quinientas personas. En esa isla de los sueños perdidos, sin hogar, sin patria, sin futuro, ninguneados, ni siquiera número, invisibilizados en la sociedad de la imagen, anheláis la vuelta a casa, en un día que, a pesar de todo y de todos, soñáis esperanzados. Sois esos otros Ulises, sin gloria, con un honor arrebatado de mil y un maneras, cuyos ojos han visto y sufrido lo inimaginable, con una Ítaca que desconocéis si existe todavía. No tendréis cantos que narren vuestra proeza, nadie hará un poema que llore vuestra desdicha, no habrá aedo que deje para la memoria vuestra particular guerra y vuestro deseado retorno. Nadie sabrá si regresasteis o si finalmente fuisteis otro cadáver más, sin nombre, con un número que se perderá entre los papeles de un archivo que desaparecerá sin dejar rastro alguno.

Por eso, Ahmed, coincido con García Gual en la importancia de leer para mantener la capacidad de reflexión y análisis, pero tiene que ser una lectura completa, con sus luces y sus sombras, si no no será lectura real y seguiremos, leamos o no, formando parte de una sociedad engañada, a pesar de sabernos engañados.

vivir la montaña en su plenitud

De txiki y en la primera juventud, fui un asiduo visitante de la montaña, con mi tío Iosu que nos enseñó el amor por ella, junto al tío Bittor, hermano de mi abuela, que subía con unas botas de la Mañueta, la txapela y la bota de vino como bebida isotónica. Ellos dos nos enseñaron que la montaña, el monte decíamos, se vive en todo momento, desde la preparación de los bocatas para el almuerzo el día anterior, el despertador temprano, el ascenso con sus paradas para beber agua, aunque no mucha porque siempre había que pensar en la vuelta, el almuerzo, antes o después de hacer cima, según la altitud del monte, la cima con su mensaje en el buzón y descubrir en el horizonte otras cimas más o menos cercanas, según la claridad del día, el descenso, poco a poco, sintiendo la tensión en las piernas y la llegada al punto de partida.

Iosu, Dani, Ferminiko eta Bittor

En aquellas subidas, primero a los montes de la comarca y alrededores, aquellos Txurregi, Itzaga, Beriain, el Erga, el Cabezón de Etxauri y otros, y luego el Piri, con Txamantxoia, Lakartxela, Lakora, Bisaurin, Annie y demás, aprendí a seguir las marcas del camino, a volver atrás cuando nos confundíamos. Nos tumbamos en la loma de un monte para que los buitres se acercaran algo más, corrimos con un rebaño de cabras detrás que pensaban que teníamos sal para ellas, acariciamos yeguas embarazadas y nos reíamos cuando pisábamos una mierda fresca de vaca. A pesar de que después dejé de ir tan asiduamente al monte, los recuerdos de aquellos días, la sencillez de aquellos momentos y el olor a vida se han quedado para siempre en mi ser. Soy, también, además de muchas otras cosas, aquello. Por eso hoy es el día en que cada vez que voy al monte me acuerdo de Iosu y Bittor y de su amor por la montaña, un amor que no consistía en llegar el primero, ni siquiera en llegar, porque cuando había que volverse porque no se daban las condiciones, nos volvíamos. Ese amor consistía, consiste, porque algo se nos ha quedado, en visitar la montaña respetándola y sintiendo lo que es y no lo que queremos que sea.

Dani, Iosu, Fermin eta Frantzis

La montaña viva, de Nan Shepherd, es un libro que de manera magistral recoge aquello que, de una forma mucho más escueta y simple, nos enseñaron nuestros tíos cuando éramos unos gaztetxos. La señora Shepherd era una escocesa, profesora de literatura y montañera incansable. En la obra que comento, editada, por cierto, con exquisito gusto, por Errata Naturae en su colección Libros salvajes, la autora relata de una manera bellísima, con una prosa lírica y fina, sus sensaciones y sentimientos con la montaña, en concreto con la cordillera de los Cairngorms, al norte de Escocia. En su escrito repasa los ingredientes de la montaña, desde el comienzo, con una descripción del conjunto y va pasando por los elementos de la misma, el agua, el hielo y la nieve, el aire y la luz. En la siguiente parte se centra en los seres vivos que habitamos o visitamos la montaña, las plantas, las aves, animales e insectos y el propio ser humano, muchas veces tan dañino para el monte. Finalmente termina con el sueño en el monte, los sentidos, amplificados si se vive plenamente la naturaleza y el ser, que es en realidad el todo, la montaña y uno o una misma, en un conjunto inseparable.

The Cairngorms

Lo bonito de esta lectura es disfrutar con las descripciones de mil detalles que ofrece Shepherd, los mil y un matices en el color del monte, las interminables variaciones de la nieves y el hielo según se haya formado, con los centenares tipos de blanco, como las tonalidades cambiantes de todo, según la luz, o no luz, que exista en el momento, la capacidad de supervivencia de unas, aparentemente, delicadas flores y plantas, los animales, parte de su propio orden que constantemente invadimos, el ser humano y la montaña, a veces respetuoso, casi siempre invasor, algunas veces temerario. Una delicia que te llena de principio a fin.

Del tío Iosu me queda el recuerdo de su propio amor por el monte, de su respeto por el mismo y sobre todo de su capacidad de gozar simplemente estando y siendo con la montaña. Mi recuerdo y mi amor por él siguen intactos después de tantos años. Porque por él fuimos y por él, en gran medida, somos un todo con el monte, a pesar de los años transcurridos. Una montaña viva.

una actriz asesinada

Eran algo más de las siete de una mañana de verano y William Potticary estaba dando su paseo habitual por la pradera de los acantilados. A sus pies, unos sesenta metros más abajo, estaba el Canal, tranquilo y brillante, como un ópalo lácteo.

La verdad es que compré este libro en Walden un poco porque es la típica lectura de verano, o uno de esos libros ligeros para leer sin mayores preocupaciones que pasar un buen rato. Y no me equivoqué.

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Hoja de lata es una editorial de esas pequeñas que está haciéndose un hueco en el panorama literario con ediciones muy cuidadas y una buena selección de autores hasta ahora poco traducidos por estos lares. Una de esas autoras es Josephine Tey, seudónimo principal de la escocesa Elizabeth Mackintosh. Esta señora, coetánea de Agatha Christie, es una mujer de la que se conoce bastante poco, como si el misterio de su vida privada fuese parte de los ingredientes necesarios para las novelas de detectives que escribió con gran éxito. Cualquiera, al leer las sinopsis de sus novelas en la parte trasera de los libros podría suponer que era una autora del estilo a la gran dama del misterio, la citada Agatha Christie. Es verdad que sus obras discurren en la Inglaterra de principios del XX, que no faltan Scotland Yard, el té de las cinco con sus pastelitos de pepino y la variopinta sociedad británica, especialmente la rural. Pero hasta ahí llegan las similitudes, ya que si la archiconocida autora inglesa solía escribir crímenes “domésticos”, entre té y té, sin perder el aplomo británico, la escritora escocesa iba algo más allá e incluía más veneno, ciertas salidas de tono en los modales imperantes y personajes más diversos.

Su principal personaje es el inspector Alan Grant, de Scotland Yard, elegante y apuesto y sobre todo buen fisonomista. Y este es el protagonista de Un chelín para velas, que trata sobre el asesinato de una reconocida actriz inglesa en un pequeño pueblito de la costa inglesa. Un relato con damas y caballeros (es curioso cómo todavía hoy en algunas tiendas se utiliza caballero para referirse a los hombres y en cambio se llama señora a las mujeres y no dama), faranduleo, taberneros, aristócratas y comisarios, inspectores y sargentos. Es, como he escrito al principio, una novela para pasar un buen rato y poner en marcha la sagacidad personal para intentar encontrar la autoría del crimen.

Quien pretenda encontrar sangre en esta novela, no la encontrará. Quien esté dispuesto a disfrutar con la resolución limpia de un asesinato, entre criados, fiestas y demás, esta es su novela. Ideal para la playa o la piscina, para leer entre baño y baño, o entre caña y caña. Lo mejor para la noche, como lectura fresca de verano, antes de dormir con la ventana abierta.

El maestro del suspense en el cine, Alfred Hitchcock, adaptó la novela con el título Inocencia y juventud en el año 1937 y pese a ser una de sus obras menos conocidas, en ella se vislumbran ya las buenas artes del genial director.

amor por África

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong…

La obra más famosa y escasamente leída de Isak Dinesen, seudónimo de la baronesa Karen von Blixen-Finecke, y cuya película forma parte del imaginario popular de nuestra sociedad, Memorias de África, ha pasado a engrosar esa estantería donde almaceno los libros que me han cautivado. Como la mayoría de las personas, más las de cierta edad, disfruté en su día con la versión cinematográfica dirigida por Sydney Pollack y protagonizada genialmente por Meryl Streep, como la baronesa Blixen y Robert Redford como Denys Finch Hatton. En esta ocasión me he maravillado con la obra que sirvió como base de aquella película legendaria.

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Lo primero que tengo que señalar, es que la versión cinematográfica no es la adaptación de la obra, a pesar de que recibió el Óscar a la Mejor Adaptación Cinematográfica, y se centra solo en la relación de los dos personajes protagonistas, algo que en el libro ocupa un par de capítulos. Pero esto no es problema para que aquella versión que recibió siete Óscars de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos, entre otras los de Mejor Película, Mejor Director y Mejor Banda Sonora, compuesta por John Barry, sea una obra maestra. Curiosamente Meryl Streep no recibió el Óscar a la Mejor Actriz, a pesar de ser uno de sus papeles más recordados.

Los hechos relatados son parte de los diecisiete años que la baronesa vivió en Kenia, entonces con un “protectorado” británico, en una granja dedicada al cultivo de café, en tierras de los kikuyu, tribu dedicada al cultivo de los campos y a la ganadería, y los maasai, tribu guerrera y nómada, también dedicada a la ganadería. En el libro, escrito en pretérito y primera persona, como se suelen escribir las memorias, aparecen diferentes personajes, africanos y miembros de los países colonizadores de África de aquellos tiempos y cuenta de manera muy lírica la historia de amor de Karen Blixen por África, su curiosidad por las tribus africanas, el trabajo de una granja africana y su afición por los safaris. Todo esto se desarrolla en la primera mitad del siglo XX, con un África colonizada en proceso de cambios políticos y sociales. Un África que estaba dejando de existir.

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El estilo de estas memorias es, tal y como he indicado algo más arriba, de un lirismo apabullante que destila admiración por África, un África muy idealizada y en perenne relación de amor-odio con la Naturaleza. Hermosas descripciones de las llanuras y colinas africanas, del comportamiento de los animales, los regulares cambios meteorológicos, de una fuerza espectacular, la vida de aquellas tribus africanas bajo el dominio colonialista (del que la propia autora, a pesar de su admiración por el lugar, es parte), la filosofía de las gentes africanas, tan diferente a la de los occidentales, más de aquellos occidentales blancos dominantes. Y al final del libro se vislumbra la conclusión de aquella época que daría lugar a los movimientos de independencia y posteriormente a las luchas de poder en el continente negro.

Un libro para enamorarse de un África desaparecida, indudablemente, pero que quizás sea la entrada para descubrir el África real y doliente de este momento. Una obra para disfrutar leyendo cada una de sus páginas y para seguir descubriendo el genio y figura que fue Karen Blixen-Finecke, alias (entre otros) Isak Dinesen.

Vi gansos grises sobrevolando los llanos
Patos salvajes en el aire alto
Inmutables de horizonte a horizonte
Con sus almas endurecidas en sus gargantas
Y su gris blancura ondulando en los enormes cielos
Y los rayos de sol sobre las colinas arrugadas.