prefiero un mundo más real

«Nada mitigaba la inquietante violencia con que esa voz penetraba en mí. Padecía impotente que esa voz me quitara por completo la consciencia del tiempo, del deber y de mis propósitos, anulando mi capacidad de reflexión».

Walter Benjamín sobre el teléfono, a comienzos del siglo XX.

Hopkinson ataca la gallarda de Dowland al laúd, instrumento melancólico donde los haya, posiblemente la mejor banda sonora para un día de lluvia, gris, desapacible, pero nutriente para una tierra a la que agotamos hora a hora. Hacía tiempo que no escuchaba música sin más, por el solo placer de escucharla, sin auriculares que la pongan como banda sonora de otra actividad, una de esas actividades que martillean sin cesar mi cabeza, actividades ridículas que hemos elevado a la categoría de imprescindibles para poder vivir con supuesta intensidad.

El cuarto día del experimento decidí salir toda una mañana sin móvil, sin auriculares, sin apps que clickar, sin sobreinformación que me «conecten» con el mundo. Con este mundo lleno de ruido. Con ese ruido omnipresente en la vida de millones de personas. Un ruido que imposibilita desarrollar pensamientos propios, que reduce nuestras relaciones a un «me gusta», que ocupa cada segundo de nuestra vida en algo «útil», como navegar por Internet saltando de artículo en artículo, cuando en realidad son todos el mismo con diferente titular, escuchar un podcast de lo supuestamente importante, revisar el correo, conocer cuántos pasos llevo andados en ese momento, estar al tanto de las últimas novedades editoriales que será imposible leer en toda una vida, o tragarme todas las series que se estrenan en las plataformas de turno. Lo que sea. Un maratón de tecnología, supuestas relaciones y ocio digitales. Tú solo contigo mismo. Quizás ni eso. Porque ya no estás solo. Pero, en cambio, cada vez hay más soledad en este mundo.

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Minimalismo digital, de Cal Newport, editado por Paidós. No fui buscándolo, sin más estaba en la mesa de novedades en la librería. Una portada blanca y un cable de conexión sin conectar. Ilustrativo. Y en el fondo lo que dice ya lo sabemos. ¿Seguro? Eso es, que estamos enganchados. Ya. Tú no. Claro, tú eres especial. Como yo. Ja. En-gan-cha-dos. Yonkis del mundo digital. La media de veces que miramos el móvil a lo largo del día es 40 veces. Alrededor de cuarenta veces con un tic nervioso que es parte de nuestro tiempo. La media de horas que estamos «en el móvil» son tres horas. Al día. Ya, ya. Que tú no. Compruébalo en tu propio móvil y mira cuánto tiempo has pasado utilizando el móvil en esta última semana. A eso añádele el ordenador, podcast, el watch, la plataforma de series. Y de todas esas horas, calcula el tiempo pasado en redes sociales, leyendo lo mismo de todos tus «amigos». Porque resulta que tus contactos en Facebook lo son porque los algoritmos dicen que son «de tu cuerda». Con lo cual todos de acuerdo. Todos ponemos el mismo artículo en nuestros muros y si escribimos algo es de idéntica o muy parecida opinión a lo que pone la mayoría de tus «amigos y amigas». Qué guay. Estamos todos de acuerdo. Ja. Ja ja.

Lo que me dejó aterrado del libro fueron los datos científicos, ahora que toda nuestra vida es buena o mala en virtud de lo que sea demostrable científicamente… ahí va una que está demostrada. El cerebro disminuye su capacidad de atención, de memoria y de comprensión cuanto más horas pasa atendiendo algo digital. Lo que sea. Ahí va otra. El cerebro tiende a la relación social de manera natural. Pero es que las relaciones digitales no son en realidad relaciones. Lo sabemos, ¿verdad? Con lo cual, el cerebro piensa que las relaciones son eso que hacemos en una app: un «me gusta», incluso un comentario y una carita quizás con la lengua fuera. Y no. Eso no son relaciones. Vamos a dejar de engañarnos. Ni lo son, ni tienen las mismas consecuencias mentales, intelectuales, sentimentales o emocionales. Ni nos hacen más felices. Repito. Ni nos hacen más felices. Justo al revés. Cada vez hay más gente infeliz con muchos, muchos, muchos amigos en las redes sociales.

¿Y entonces qué podemos hacer? Hay varias opciones. Básicamente tres:

  • Eliminar todo lo digital de tu vida y vivir como en la Edad Media.
  • Hacer como que no pasa nada y morir con miles de amigos de redes que al cabo de un tiempo, cuando se enteren que has muerto, busquen en tu perfil para recordar quién eras.
  • Decidir qué parte de ese mundo digital hace que mejore tu vida y te hace mejor persona y utilizarlo de manera consciente solo cuando tú quieras y eliminar toda la parte que te hace masa sin capacidad de hacer tus propias elecciones.

El libro es oro en paño. Repito. No porque lo que ponga sea nuevo. Yo creo que quien más y quien menos ya lo hemos pensado más de una vez. El valor del libro en cuestión es que esa realidad la presenta de manera muy ordenada, con datos para reflexionar sobre ello y alternativas para trabajar el tema. Después de leer el libro, si lo haces con sinceridad, serás mucho más consciente de la presencia de lo digital en tu vida, y cómo y de qué manera influye en la misma. Y no digo que termines el libro y los treinta días de experimento sin conectarte a las redes sociales (en mi caso 25) siendo dueño absoluto de tu vida digital, pero sí que serás mucho más consciente de cómo la utilizas y sobre todo cómo te utiliza. Un día te encontrarás sorprendido con la relación de la gente con el móvil y otros aparatos digitales en la calle, algo de lo que nunca habías sido consciente, porque el tamaño del bosque es imposible verlo desde dentro. Quizás incluso seas capaz de tomar unas cuantas decisiones al respecto. Algunas de las que yo he tomado, nada originales, han sido las siguientes:

  • El móvil lo utilizaré con un horario que comienza a las siete de la mañana y concluye a las nueve de la noche, lo tendré siempre en silencio (esto lo hago desde hace casi dos años) y para desayunar, comer, cenar o salir a pasear, no lo utilizaré ni lo llevaré encima.
  • Desinstalar todas las apps de redes sociales de mi móvil y participar en ellas, solo desde el ordenador, y con un horario concreto de días y cantidad de horas.
  • Elegir uno o dos podcasts para escuchar a la semana y hacer esa escucha consciente, a poder ser sin auriculares.
  • He instalado una extensión en el navegador Web que utilizo para que en el rato que estoy conectado (recuerdo, con un límite de tiempo), si encuentro algún artículo que me interese, lo pueda mandar directamente a esa app y poder leerlo en otro momento, sin conexión, sin distracción y sin anuncios de ningún tipo. Para ello, en Twitter, que es el lugar de donde más me nutro de artículos, me he hecho una lista privada de los perfiles que más me interesan. La extensión y app es Instapaper, aunque hay muchas parecidas.
  • En cuanto al WhatsApp, estoy en un periodo de reflexión un poco más complejo, porque sin duda es la app que más incordia. Por de pronto, ya he avisado en mi estado de que puede que no conteste al momento y algunos grupos están en silencio permanente o utilizaré esta opción más a menudo. A mis amigas y amigos intentaré estar y hablar con ellos de manera real siempre que sea posible y si esto no puede ser, intentaré hacerlo mediante una llamada de teléfono.
  • La televisión y plataformas de «entretenimiento» solo las utilizaré, en caso necesario, un máximo de una hora al día. El ordenador también tiene un límite de tiempo.

Y mientras tanto ¿qué haré con todo el tiempo que no perderé en el mundo digital? Pues básicamente lo que he hecho en estas cuatro semanas. Disfrutar del silencio, pasear escuchando la vida o pasear hablando con un amigo (es una de las maravillas que he comenzado a hacer), aprender a hacer cosas nuevas, leer tranquilamente, escribir, meditar, comer de manera consciente, conversar con mi familia y amistades, leer en un club de lectura, aprendiendo de los puntos de vista de los demás, regar las plantas, despertarme con el mirlo, observar la naturaleza y las personas, escuchar la vida, escucharme a mí mismo, escuchar, escuchar y escuchar. ¿Qué? El silencio. En definitiva, dar gracias por esta vida extraordinaria.

Bueno gente, nos vemos en las calles, hablamos, ojalá que nos abracemos pronto. Muxuak (besos).

sigo estando

El 6 de julio de este año, día de emociones y comienzos, día de recuerdos y esperanzas, fue la última vez que publiqué una entrada en este blog dslegi.com. Ha sido una pausa necesaria y todavía no tengo muy claro si esta entrada es un grito para reanudar el diálogo o voy a seguir un tiempo exclusivamente escuchando, observando y muchas veces contemplando.

Llegué a los Sanfermines absolutamente agotado, física y psíquicamente. Diría que, incluso, anímicamente. No fue, ni lo ha sido nunca, un estado depresivo. Ni mucho menos. Pero necesitaba detenerme y pensar, pararme y descansar. Algunas de vosotras y vosotros sabéis que a finales de julio pasé una semana en el monasterio de Leire, junto a la comunidad benedictina que vive allí. Esos siete días conviviendo con esos 21 hombres dedicados a rezar, fueron un bálsamo para mí. Allí me sorprendí con unos amaneceres y atardeceres limpios y puros como no recordaba. Descubrí el sonido del ciclo de la vida, el silencio justo antes del amanecer, las golondrinas volando y chillando en el comienzo del día, los miles de pájaros que empiezan el día llamándose y buscando comida, las cigarras que, con el sol ya en el firmamento, unen sus cantos para ser parte indiscutible de esa banda sonora, el viento al atardecer entre los árboles y recorriendo la sierra, el ulular de las lechuzas cuando cae la noche. Y todo ello acompasado al sonido propio del monasterio. Las campanas llamando a los oficios, el gregoriano milenario desde las gargantas jóvenes y viejas de esos monjes, solo el sonido de las piedras mientras paseas por los alrededores del monasterio antes de que lleguen los turistas, las hojas del libro cuando las rozas con el dedo mientras lees, unos pasos en el claustro, el órgano en la iglesia, el cazo de sopa cuando te sirven en la comida silenciosa. Salí agradecido y descansado, relajado y sereno.

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Me he dedicado a pensar en la utilización que he dado a las redes sociales, al Facebook desde junio de 2008 y a Twitter desde noviembre de 2009. No estoy orgulloso de muchas de las cosas que he hecho a través de estas redes. De la misma manera que este blog nació como medio para un diálogo permanente, las redes sociales siempre han sido para mí un instrumento para hablar y sobre todo escuchar. Y reconozco que he tenido muy buenas conversaciones en ellas. Pero muchas veces no lo he conseguido. El ímpetu para defender las opiniones propias no puede ser excusa, en ningún caso, para atacar a nadie y ahí quiero entonar un público mea culpa. No soy de insultar, pero reconozco que hay quien se ha podido sentir insultado. No empleo la agresividad, pero no tengo duda que hay quien ha podido sentirse agredido. He utilizado la ironía y la burla muchas más veces de las que me hubiese gustado. Si mi intención era escuchar, en muchas ocasiones, demasiadas, solo ha servido para escucharme a mí mismo. Por lo tanto, si alguien se ha sentido ofendido por algo que haya dicho o escrito, espero no lo tenga en cuenta. Hay quien puede pensar que el problema es original en el propio objetivo de estas redes sociales, y razón no le falta, pero no estoy a gusto habiendo sido contribuyente en ello. Claro que estas redes sociales en concreto (igual algún día alguien inventa unas redes sociales buenas) tienen objetivos absolutamente opuestos a fomentar las relaciones sociales. No me voy a extender mucho en este aspecto, pero estoy convencido que estas redes fomentan un tipo de personas rencorosas, tristes, sin empatía, aisladas y sin capacidad de contraste. Hay que ser muy fuerte para que este tipo de redes sociales no saque lo peor de nosotras y nosotros y sobre todo, aunque sea duro decirlo, no coarte nuestra libertad. Quien quiera extenderse más en el tema hay un buen libro para hacerlo, Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato, de Jaron Lanier.

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Luego, en octubre me fui a Japón dos semanas. Fue un viaje en el que descubrí otro mundo, más atento a las cosas pequeñas de la vida, un lugar donde se le da valor al silencio, en donde el concepto de comunidad me emocionó, en donde el respeto me abrumó, un espacio donde el orden es parte de esa forma de vida y de la serenidad que desprende. Pero también asistí a la enfermedad de una sociedad con unos niveles de soledad impresionantes, con una ciudad que se traviste cada noche infantilizando las relaciones entre las personas y a las propias personas, un lugar donde la gente no se ríe en la calle, como mucho sonríe y en donde el orden es también quien esclaviza a la gente, en la calle, en el metro y en el trabajo. ¿Son felices los japoneses? Creo que inmensamente sí, si la felicidad se basa en ser capaz de gozar del sonido de una gota de agua cayendo desde el caño de bambú de una fuente en mitad de un jardín. Pero también creo que, aunque esa fuente la tienen ahí todos los días y disfrutan de ella, también sufren la infelicidad de una sociedad encorsetada en unas normas y unos niveles de autoexigencia terroríficos. Yo sigo enamorado de Japón, de su cultura, literatura, paisaje y costumbres. Prefiero quedarme con lo bueno.

Este sábado, antes del vermut, leí un cuento corto bellísimo de Stefan Zweig (toda su literatura desborda belleza) sobre un hombre bueno que buscaba incesantemente la justicia en sus acciones. Después de leer Los ojos del hermano eterno llegas a la conclusión de que viviendo en una sociedad, sea esta del tipo que sea, siempre, irremediablemente, cualquiera de tus acciones o no acciones, influyen en otra u otras personas. Lo deseable sería que estas influencias y consecuencias de lo que hacemos o dejamos de hacer fuesen siempre positivas. ¿No? Hasta la próxima. Gracias por todo. Un beso.