una poética visión terrenal

Entre las pocas aportaciones que me he encontrado en redes sociales y que de una u otra manera han enriquecido positivamente esta vida pandémica interconectada y ruidosa, se encuentra el hallazgo de una poeta norteamericana llamada Mary Oliver. La escritora, fallecida a principios de 2019, fue un descubrimiento gracias a un vídeo que, por suerte o por gracia de los algoritmos en Instagram, apareció en mi móvil en un momento en que tenía tiempo y quería verlo (aunque muy seguramente el hecho de no haber tenido tiempo y no haber querido verlo no hubiese sido impedimento para visionarlo). La verdad sea dicha, acceder a ver el vídeo no fue una decisión complicada ya que en él aparecía la maravillosa Helena Bonham Carter hablando de un poemario de la autora estadounidense. Los comentarios que aparecían en aquel vídeo, y no recuerdo quién lo colgó, me impulsaron a buscar alguna obra de la señora Oliver traducida y editada por aquí. Y afortunadamente las encontré en Ediciones Valparaíso, que cuenta con dos poemarios suyos, Felicity y Dog Songs.

Mary Oliver

La sorpresa de un febrero atípico fue la publicación por parte de Errata Naturae de una colección de breves ensayos de la autora estadounidense, titulado La escritura indómita, en donde, sin dejar del todo de lado su lírica voz, desgrana su visión del mundo, de la naturaleza, tan parte de sí misma, con un lenguaje bellísimo que no es obstáculo para relatar, de manera igualmente hermosa, la crudeza de ese mundo en vías de extinción. Oliver relata de manera respetuosa, casi con devoción, con absoluta atención, su sentimiento de pertenencia a esa naturaleza salvaje que nos rodea y que casi siempre vemos de pasada, las más de las veces ignorándola, que pocas veces miramos con interés y casi nunca observamos con detenimiento. Mary Oliver nos hace partícipes a quienes le leemos, de esa pertenencia a una colectividad que nos hemos empeñado en hacer ajena a nuestro(s) mundo(s) y que solo valoramos en cuanto a la utilidad de nuestros intereses mercantilistas.

Y en esta pertenencia a un mundo natural, el tiempo adquiere otra importancia. Oliver, como poeta, se debe a la inspiración de un momento que no corresponde a un tiempo marcado y ordenado. Particularmente bello es el ensayo donde relata su proceso de escritura, a partir de las anotaciones en una libreta que siempre lleva encima. Me gustó esto, porque yo también llevo siempre una libreta para apuntar lo que sea que tenga que apuntar. La diferencia evidente entre la señora Oliver y yo, es que los apuntes de la poeta pueden llegar a ser algo más complejo y adquirir la belleza de un poema y mis anotaciones casi siempre quedan olvidadas entre las páginas de la pequeña libreta. El de Oliver es un tiempo sin agenda, sujeto a los ritmos de la belleza, de la observación y de la inspiración y a veces roto por las interrupciones de la vida utilitaria. Reconozco mi admiración por esta forma de vivir.

Boy with telescope, New York Cruises, finales de los 50 (Molly Malone Cook)

En esta manera de vivir y de escribir en donde la atención es una parte indiscutible, Mary Oliver tuvo durante cuarenta años su complemento en su compañera, la fotógrafa Molly Malone Cook. Eran diferentes en cuanto a su manera de afrontar la existencia, pero su historia de amor fue un continuo descubrimiento mutuo, “una conversación de cuarenta años”.

Un nuevo acierto de esta editorial que, una vez más, nos presenta elementos que poder incorporar a nuestra vida, a nuestro pensamiento y a nuestra relación con la naturaleza, llamándonos la atención para volver a ser parte de ella.

ilustraciones que cuentan historias

¿Cuál es la razón por la que compras una edición concreta de un título de libro? Es decir, si hay más de una edición de un mismo título para comprar (algo que puede suceder con los clásicos o con los títulos que son reeditados), ¿qué determina la compra? ¿El precio? ¿La editorial? ¿El año de edición? ¿La tapa del libro? ¿La traducción? En mi caso, lo admito, normalmente me lanzo por los editados más recientemente o, en el caso de los clásicos, por la mejor traducción (evidentemente entonces tengo que buscar en Internet cuáles y de qué año son las traducciones realizadas del título en cuestión). A este respecto, en más de una ocasión, antes de fijarme en el detalle de la traducción, existía el peligro de comprar un título con una traducción antigua, en ocasiones (por ejemplo con Shakespeare, Dickens, Austen y otros grandes autores, por lo general, anglosajones) con traducciones del siglo XIX. Esto de las traducciones lo aprendí gracias a los antiguos libreros de El Parnasillo. En otros momentos, si me puedo permitir el lujo, la edición elegida es de tapa dura, grande y en ocasiones ilustrada. Tengo ya unos cuantos libros clásicos que contienen unas ilustraciones de morirte de gusto y entre todas ellas destacan los ilustrados por el madrileño, Fernando Vicente, habitual de Babelia.

fenando-vicente

Las ilustraciones de Vicente se caracterizan porque son realizadas sobre papel o lienzo, normalmente en caballete y utilizando lápiz, acuarela y acrílicos. Destaca la utilización de personajes humanos en toda su obra. Lo bueno de su obra es que, no solo es complementaria a la narración que ilustra, si no que en muchas ocasiones es un elemento imprescindible para llegar al fondo de la misma. El caso es que hace poco estuvo en Iruñea para participar en el VIII Salón del Cómic, ofreciendo una charla en el Civicán y exponiendo en el Condestable su trabajo para la obra de Bram Stoker, Drácula, una muestra que estará hasta el día 28 de septiembre y que de ninguna manera quiero perdérmela.

Y va entonces la amiga Deborahlibros y nos prepara una firma de sus libros en su tienda. Y yo, que para estas cosas no me importa ser un poco friki, decidí irme para allí con uno de los libros que tenía con sus ilustraciones, El hombre que pudo reinar, de Rudyard Kipling (película maravillosa, actores estupendos, cuento extraordinario, dibujos para morirte) y como sabía que había hecho un trabajo para uno de los clásicos que quería leer, Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, pues se lo pedí a la librera y tras arduo trabajo me lo consiguió y me hice con él. El libro es para cogerlo y empezar a acariciarlo sin descanso. Así que allí estaba, en la fila, con mis dos libros para que me los firmase y joder, en la mesa de al lado, con varios de sus libros en venta, vi uno que me miraba insistentemente. Lo juro. Me decía claramente que me lo tenía que llevar. Así que lo cogí, me maravillé con la edición, me estremecí con los dibujos y lo pagué haciendo cálculos para no comprar más libros en unas cuantas semanas (no creo que lo logre). Así que volví a la fila con el tercer título, Diez días que sacudieron el mundo, de John Reed, que lo leeré para octubre, celebrando el centenario de la Revolución rusa.

Fernando Vicente, aparte de un profesional con un gusto exquisito, es una persona amable, simpática, que me firmó los tres libros a la manera que solo puede hacerlo un ilustrador. En cada uno de ellos me hizo un dibujo, empleando lápiz, rotuladores y acuarela. Utilizó el tiempo necesario para hacerlos, sin prisas, como se hacen las cosas bien hechas. Lo mejor de todo fue poder hablar con él sobre su obra, los matices que lograron sus dibujos en el cuento de El hombre que pudo reinar. Es una gozada poder hablar de eso con alguien cuyo trabajo admiras. Dibujos y firma con dedicatoria. Impagable. En la mesa quedaron otras joyas como Drácula, Poeta en Nueva York o Estudio en escarlata. Otro día será.

Si queréis saber más de él, os recomiendo que os paseéis por su página web, o su Instagram o seguirle en Twitter. Yo mientras tanto os dejo con diez de sus trabajos para que os maravilléis. A mi ya me tiene enamorado. Muchas gracias, eskerrik asko a Deborahlibros por darnos la oportunidad de poder charlar con Fernando Vicente.

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