una historia de relaciones sureñas

Generalmente, cuando pienso en el sur de los EEUU, pienso en campos de algodón, en amplias y desfavorecidas comunidades afroamericanas, en granjeros blancos con fusil, en los colores y músicas de Nueva Orleans, en mayorías para Trump y en lobbys de origen cubano. Y existen, pero son clichés. Demasiados clichés. Simplistas clichés.

El paso siguiente en el baile, de Tim Gautreaux, editado por La Huerta Grande, es una novela que me ha abierto los ojos ante una realidad no conocida, incluso inimaginable, de ese sur norteamericano. El tema es conocido y una de las bases de la literatura universal: el (des)amor de un matrimonio en tiempos de crisis. La acción se desarrolla en un pequeño pueblo de Louisiana, en plena crisis industrial propiciada por el cierre de las plantas de extracción petrolífera que sostenían la economía local y la protagoniza una joven pareja de la comunidad cajún. ¿Perdona? ¿Qué es eso de cajún?

Como sabemos, los actuales Estados Unidos son la consecuencia de un desarrollo colonialista en el que participaron diferentes países, como el británico, el francés o el español, entre otros. Los movimientos migratorios, debidos a estas ansias colonialistas y a las guerras que propiciaron, están en el origen de los actuales estados que conforman EEUU. ¿Qué país no es fruto de movimientos y desplazamientos humanos, en mayor o menor medida? El caso es que Louisiana fue uno de esos lugares que, hasta que llegaron los colonos, eran un lugar donde vivían pueblos y naciones indoamericanas. Pero llegaron los españoles, después los franceses (de ahí el nombre del estado, en honor al monarca francés, Louis XIV), nuevamente los españoles en parte del territorio y posteriormente los ingleses, hasta que se independizaron de la corona británica. Como los movimientos migratorios no son estáticos en su territorio, resulta que en 1765, millares de francófonos de la zona de Nueva Escocia e Isla del Príncipe Eduardo, conocida como Acadia, en la actual Canadá, fueron expulsados por los nuevos invasores ingleses de aquellas tierras y obligados a trasladarse a otro lugar y recalaron, precisamente, en la parte “española” de Louisiana, que a partir de entonces se conoció como Acadiana. Esa comunidad migrada de Acadia, francófona y posteriormente mezclada con los colonos españoles y alemanes, es la conocida como comunidad cajún. Su cultura ha tenido importancia en la música y gastronomía y en 1980, fueron reconocidos oficialmente por el gobierno norteamericano como grupo étnico.

Bueno, al lío. La novela es impresionante en cuanto al tratamiento de los personajes. Muy, muy trabajados, tanto los dos protagonistas, como el resto de “secundarios”. Paul y Colette son un matrimonio de veinteañeros, típica pareja que llevan desde el instituto. Pero, y es un pero grande en esta relación, Colette, cajera de ventanilla de un banco local, está aburrida del pueblo donde ha nacido y vive como el resto de su familia y aspira a otra cosa. Aunque no sabe muy bien a qué. Simplemente a escapar de aquello. En cambio Paul es un hombre sencillo, quizá incluso simple. Trabaja de mecánico, le encantan las máquinas y motores, y le basta con bailar de vez en cuando por ahí, en pistas de baile, beber alguna cerveza y tener una buena pelea de bar (por lo visto, algo bastante habitual allí). Alrededor de ellos, familias parte de esa comunidad cajún, amigos de esas peleas de bar, las marismas y pantanos de la costa de Louisiana, mirando siempre al Golfo de México. Y entonces Colette, decide irse, en un viaje en tren, hasta California, que está a miles de kilómetros, pero para aquella gente es como irse a Marte. Y ese es el desencadenante de toda esa historia de relaciones personales, sentimentales y territoriales.

Se lee a gusto. Gautreaux consigue que te metas en la historia de lleno, gracias a su capacidad de retratar personajes y lugares con tal cantidad de detalles que es como si estuvieses presente en el relato. Los últimos seis capítulos son uno de los finales de novela más intensos que he leído nunca, en donde se cierra el círculo de ese retrato de personajes visiblemente simples, pero con una historia repleta de sentimientos y realidades complejas. Como la vida misma. Por cierto, la traducción es un trabajazo impresionante de José Gabriel Rodríguez Pazos. Os dejo un comentario suyo a esta traducción.

un James inacabado

Apenas una semana antes había comenzado el libro con el que me las prometía felices. Las anteriores novelas del norteamericano que quiso ser inglés habían supuesto una fuente de placer literario y en el caso de una de ellas una buena dosis de tensión. Por eso, cuando hace un año compré el libro en Walden, pensé que sería una experiencia igual de satisfactoria. Una novela de Henry James y además de poco más de cien páginas… La mejor elección para esos días de fiesta y a la espera de meterme en algo más extenso. Craso error.

Henry James, circa 1906, the year he completed his revised version of The Portrait of a Lady

El comienzo de la madurez no es el mejor ejemplo de literatura jamesiana. Es un libro esbozado en 1914, dos años antes de morir su autor y que se publicó al año de su muerte, de manera póstuma. Y digo esbozado, porque la obra consiste en diferentes capítulos, hasta siete, que son más unos apuntes que unas páginas terminadas, ya que no fueron ni revisadas, y eso, en el perfeccionismo de James, es mucho decir. Las kilométricas frases, que en Otra vuelta de tuerca me parecieron un profuso chorro de matices, en este librito se me hacían interminables. Las idas y venidas del autor en la exquisita Pandora, en este caso me obligaban a releer una y otra vez la misma frase. Es lo que tiene leer un libro de estos durante la noche, cuando los párpados se te van cerrando poco a poco, sin querer.

El libro rememora las vivencias de Henry James cuando viajó a Londres a finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo XIX. Unas vivencias que. en principio, se presentan como recuerdos biográficos, pero que tienen, inevitablemente, el vacío de la memoria tras cincuenta años de aquello. Esto no debería haber sido ningún problema, pero el caso es que James abandonó estos apuntes sin retomarlos para su corrección y llegándole la muerte sin haberlos terminado. Se trata pues, de una obra inacabada, a falta de corregir y sin un hilo conductor fuerte entre algunos capítulos y otros.

Ya lo he dicho al principio. No es la mejor obra de James, pero no por eso voy a dejar de leer al maestro del puntillismo. La próxima vez lo volveré a intentar con, seguramente, Las bostonianas.


Un libro para los incondicionales, muy incondicionales, de Henry James y para aquellos que sufren de insomnio, pues creo que resultará un buen remedio para que el sueño los recoja rápidamente entre sus brazos.


¿Y vosotras y vosotros qué libro de James me recomendáis?